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Opinión | Las jefas y el gallinero desagradecido

(foto: OCU)

CAROLINA PERNAS | Ferrol | Sábado 24 abril 2021 | 00:00

Esta pieza de opinión va de bancos, de los de dinero, por si había dudas. Y como casi todo el mundo tiene una historia desagradable que contar sobre algún banco, está basada en numerosos hechos reales. Pero vamos a empezar por la metáfora, que forma parte del título. Imagínense que tienen ustedes un gallinero.

Lo construyeron desde cero, poco a poco, mejorando cosas aquí y allí y poniendo en las instalaciones lo que podían en cada momento. Que si un comedero de metal, que si un bebedero de madera, que si un tejado de uralita…

En el pasado, el gallinero funcionaba fenomenal, ustedes alimentaban y cuidaban de las gallinas y ellas, a cambio, les dejaban recolectar los huevos cuando tocaba, normalmente a principios de mes. Pero de un tiempo a esta parte, el gallinero se está volviendo un tanto desagradecido.

Primero, las gallinas demandaron que, además de hipotecar las instalaciones, se les hiciera un seguro, o dos.

Luego llegaron las peticiones de inversión en productos que realmente no eran más que desechos y más tarde, las aves decidieron que era preferible que el humano ni siquiera entrase en el gallinero, sino que se quedase fuera y recolectase los huevos desde el otro lado de la verja.

Pero lo mejor está todavía por llegar, parece ser, porque ha habido una masacre y unas cuantas aves han engullido a las demás en lo que se parece sospechosamente a un monopolio sobre un negocio construido con SU inversión.

Quieren despedir a las ponedoras (o sea a las trabajadoras) y poner condiciones al humano para hacerse con lo que, en realidad, es única y exclusivamente suyo, por no mencionar que quieren pagos extras solo por existir. Y aquí dejo la metáfora para meterme en harina.

Una mujer de 80 años que no quiere una tarjeta de crédito y no necesita seguros o productos financieros ingresa mensualmente 700 euros de pensión. Aparentemente, los 20.000, sí, 20.000 euros que tiene en la cuenta no le bastan a su banco, que demanda más efectivo para no cargarle comisiones de mantenimiento.

Otra mujer, con ingresos mensuales oscilantes, sí tiene dos tarjetas, un producto financiero y un saldo estable, aunque bastante más bajo, que ha mantenido durante 20 años en la entidad. Las amenazas, y sí he elegido amenazas en lugar de advertencias, sobre las ya mencionadas comisiones pronto se harán realidad.

Un joven, que prácticamente no necesita los servicios del banco más allá de los cajeros automáticos para retirar SU dinero en metálico, ve cómo, en dos años, las opciones de hacerlo más o menos cerca de donde vive han pasado de siete a dos.

Otra anciana se ha hecho contra su voluntad una tarjeta de crédito que solo es capaz de usar en el supermercado o la farmacia de su barrio, donde confía en la persona que la atiende. No sabe leer, por lo tanto, no puede seguir las instrucciones del cajero para hacer todas esas operaciones que ya no le quieren dejar hacer dentro del banco.

Ha confiado su número secreto a la vecina, porque tiene miedo de que se le olvide cuando se haga un poco más vieja. Y ese es el insulto definitivo, en mi opinión. No que quieran cobrarnos dinero por tener nuestro dinero, sino que ahora van a por ellas, las jefas, las abuelas. Y los abuelos, aunque sean menos.

Ahora tocan límites a los días y horas en los que pueden ir a retirar SU dinero y quizá estén considerando el momento en que esas migajas que se dignan a entregar también deban desaparecer.

Mientras tanto, desde el gallinero se financian ligas y equipos de fútbol y se ponen anuncios allí donde más cuesta; se embargan inmuebles que luego se caen por desatendidos o se revenden sin terminar y se dan préstamos solo a aquellos que ya tienen dinero.

Se abren líneas de negocio «paralelas» al mismo tiempo que se tiene a sus clientes originales desatendidos y humillados; y se pierden juicios una y otra vez por irregularidades, sin que aparentemente aprendan a dejar de hacer las cosas mal. Sin llamar a la revuelta, sí quiero dejar un par de ideas.

Una, hay maneras de devolver los golpes del gallinero sin cometer ninguna ilegalidad y dos, a nuestras jefas no se las toca y de eso nos tenemos que encargar entre todas.

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