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Pepón

Una de las camisetas homenaje a Pepe

Una de las camisetas homenaje a Pepe

JOSÉ MARÍN AMENEIROS | ‘Introspecciones’ | Lunes 6 junio 2016 | 14:29

No es que haya poca gente que se llame José, al contrario, es posiblemente el nombre más común en España. Tampoco había escasez en el pueblo, pero da la casualidad de que a los dos únicos a los que se nos conocía como Pepe éramos mi vecino pared con pared y yo. Aunque él siempre fue más Pepito, Pepón o Peponcio, dependiendo de la época. También el más conocido de todos, por derecho propio.

El primer recuerdo que tengo de él, aparte de una foto de pequeños jugando en el patio delantero de casa, es uno que avecinaba el gran personaje que luego sería, si es que no lo era ya. Eran las fiestas del pueblo. Nuestra generación andaba estrenando la adolescencia y las salidas nocturnas; él rondaría los veinte años. La plaza estaba abarrotada con la actuación de la típica orquesta, gente coreando, bailando y bebiendo, cuando el cantante principal se dio cuenta de que algo iba mal. No era él el protagonista del espectáculo. Pepón se había encaramado al escenario, sin preguntar, y estaba exaltando a las masas con uno de sus inigualables bailes, mezcla de Vincent Vega en Pulp Fiction, los Village People y un estilo propio imposible de reproducir.

El cantante se percató del carisma y la reacción que el espontáneo provocaba en el público, y quiso usarlo a su favor. Lo reclutó para la siguiente canción. Se trataba de YMCA, de los Village People. Pepe se acercó, con su mítico sombrero de paja en ristre, y se puso a batallar con el artista. Mientras el cantante intentaba explicarle la coreografía, algo así como dibujar las letras con los brazos, Pepón le quitaba el micro, hacía otros pasos o enardecía al público. A duras penas, la orquesta comenzó la canción.

Al final, toda la plaza terminó bailando y jaleando el ritmo y la coreografía que marcaba Pepe, que se llevó una ovación tremenda al acabar y se bajó del escenario haciendo reverencias y malabares con el sombrero de paja mientras el cantante de la orquesta se retiraba derrotado a un segundo plano. Me acerqué a Pepe y le pregunté qué carallo hablaba ahí arriba con el cantante. «Nada, me estaba diciendo que tenía que bailar como bailase él», explicó. «¿Y tú qué le respondiste?», dije. Soltó una carcajada antes de contestar: «No, baila tú como bailo yo».

Los espectáculos musicales eran clave en Pepón. Si no era bailando, era cantando. Desde mi casa escuchaba todo. Por las mañanas o tardes no eran sesiones largas. Ponía Héroes del Silencio a todo volumen y atronaba los estribillos con su voz cavernosa, como la de Bunbury en La chispa adecuada -una de sus favoritas-, pero la de Pepe ajada y fuera de tono. Después de cuatro o cinco canciones, apagaba. Por la noche sí eran largas. Si acudían los colegas allí se liaba la de Dios. Y por encima del alboroto de gente y música, siempre, de cuando en cuando, se oía un grito de guerra de Pepón. Cuanto más alto era su bramido y más lejos se escuchaba, mejor estaba siendo la fiesta. Cuanto peor era el insulto, más amor estaba demostrando a sus amigos. «¡Sinvergüenzas! ¡Cabrones! ¡Hijos de putaaaaa!».

Unos amigos que pueden dar fe de la inimitable cualidad de Pepe para contar historias, para crear decenas de frases que luego la gente repetía aquí y allá por el pueblo. No se sabe si son más míticos sus bailes -épico aquel en el que estuvo saltando de techo en techo de nuestros coches en una rave a las 9 de la mañana- o sus frases. O el sentido del humor, desde su «encantado de que me conozcas» cuando le presentaban a alguien, hasta uno de sus insultos favoritos: «eres más feo que yo», soltaba, seguido de una risa desordenada y una carcajada sonora. O sus teorías. Siempre recordaré la de «cuanto más lejos, más pedo», según la cual, si en el bar de al lado de su casa se emborrachaba de tal manera, y en Ibiza más aún, cómo sería la cosa si algún día se fuera a Cuba. O a Nueva Zelanda. Si me lo encontraba en el bar ya entonado y le preguntaba que, si eran las 9 de la noche y ya iba así de pedo, cómo iba a ir a las 5 de la mañana, él sonreía y, tras pensarlo un instante, contestaba: «más pedo».

Creo que la última vez que vi a Pepe fue hace un par de años, en una de mis últimas visitas a Madrid. Estábamos los colegas y yo en mi casa un domingo a las 7 de la mañana, recién llegados de fiesta, con la música a todo volumen mientras uno seleccionaba temas de la discografía de mis padres, otro tocaba la batería en la lampara de metal del techo con un matamoscas como baqueta, otro más apretaba una bocina de coche antiguo que adorna la pared y un cuarto aporreaba el piano. Entonces sonó el timbre. Era Pepe. Lo habíamos despertado, y entonces hizo lo que haría cualquier vecino a quien sacaran de la cama a las 7 de la mañana de un domingo: venirse a tomar una cerveza.

Estos días Daganzo entero prepara un homenaje que se le hará en el pregón de unas fiestas de junio que ya no serán lo mismo sin él. Mucha gente vestirá unas camisetas que están serigrafiando con su cara y algunas de sus frases más míticas. En medio de las fiestas y la música, con la gente haciendo alguno de sus bailes y luciendo las camisetas homenaje, puede que se oiga por encima del barullo un «¡hijos de putaaa!» desde algún lugar lejano de ahí arriba, y eso querrá decir que están armando una fiesta en condiciones. Y de las buenas.

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