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Pinocho I, el terrible

ALEXANDRE LAMAS (Psicólogo) | “Esa cabeciña…” | Miércoles 11 marzo 2015 | 11:54

Esta es la historia de Jean-Claude Romand. Podría ser la historia de un hombre feliz. Es, sin embargo, una historia sobre la mentira y la muerte. Los que lo conocieron durante sus años de universidad, comentan que ya de aquella Jean-Claude contaba historias difíciles de creer. Mientras salían de copas, podía desaparecer un buen rato y volver contando que durante ese tiempo, le habían robado el coche y había tenido que llamar a la policía que, por suerte, lo había encontrado inmediatamente.

Cómo ocurre con las historias que inventan los mitómanos, lo que contaba Romand no era imposible, como he dicho: era difícil de creer. Por qué a nadie le llamó la atención que contase estas historias es fácil de explicar: a nadie le llamaba la atención nada de lo que hacía, pensaba o decía. Era una de esas personas que siempre pasan desapercibidas y que si desaparece de una fiesta, su ausencia solo es advertida cuando llega la hora de pagar el taxi.

Los mitómanos o mentirosos patológicos buscan a través de sus mentiras la admiración y atención de otros. Se sienten menos, o quizás, sienten que los otros son más. Si cualquiera de nosotros hace un ejercicio de humildad y reflexión, es posible que encontremos que en algún momento de nuestras vidas pudimos hacer algo similar.

Tal vez a los trece años, inventamos una novia o un novio -que casualmente vivía lejos muy lejos-, para no sentirnos menos que aquellos que a esa edad comenzaban a emparejarse; o quizás contamos como un primo lejano nos dejó conducir su flamante coche. Al hacer eso, nosotros, como el mitómano, intentábamos proteger nuestra autoestima. Nos defendíamos con la mentira, para que nuestra imagen propia no se viese muy devaluada al mirarnos en el espejo de nuestros iguales.

La historia de Jean-Claude tiene dos momentos claves, el primero se produce el verano de 1975 cuando no se presenta a los exámenes de acceso al tercer curso de medicina. Él mismo nunca ha conseguido aclarar por qué no se presentó. Era un buen estudiante. No se lo contó a nadie, ni tan siquiera a su prima Florence, de la que por aquel entonces ya esta perdidamente enamorado.

Siguió viviendo como si los hubiese aprobado. Iba a las clases de los siguientes cursos y estudiaba junto a sus compañeros y a Florence para exámenes de asignaturas en las que jamás se había matriculado. Cuando llegaba el momento de la prueba, se reunía con los otros antes de entrar, y volvía cuando el examen se había acabado. Si alguien le preguntaba, le decía que había hecho el examen en otro aula. Pero el hecho es que nadie se lo preguntaba.

Durante los años de universidad ningún compañero consultó en el tablón de notas las de Jean-Claude. En la mitomanía no se trata de alterar los hechos que han ocurrido realmente, un mitómano no es ese pescador que exagera el tamaño de sus presas. Aunque también hace esas cosas. El mitómano cuenta que es pescador y relata anécdotas de pesca cuando realmente nunca ha cogido una caña. Inventa capítulos enteros de su vida.

Lo hace amparado en el hecho de que nadie le conoce realmente, por lo que cree que nadie se dará cuenta de la falsedad. De este modo nunca puede establecer relaciones sinceras con ninguna persona, lo cual le impide crear vínculos emocionales auténticos. No tiene la oportunidad de ser amado por ser quién realmente es. La pescadilla que se muerde la cola. En su soledad siempre sentirá miedo de que los demás descubran sus mentiras y dejen de amarlo, por lo que mentirá más y más. Para el mitómano la mentira se convierte en su forma de relacionarse con el mundo.

En 1986, Jean-Claude “termina” sus estudios de medicina; tras aprobar el examen de médicos residentes de París, será nombrado responsable del INSERM de Lyon, para finalmente aceptar una plaza de investigador en la sede de la Organización Mundial de la Salud, en Ginebra: todo mentira. Este falso trabajo le proporciona la coartada perfecta para conseguir ingresos, les asegura a sus familiares y amigos que por trabajar para la OMS los bancos de Ginebra le dan unos intereses del 18 % anuales de todo el dinero que ponga allí a su nombre. Ellos, confiados, le entregan su dinero para aprovechar esas ventajas.

Así, cada día, el falso médico Jean-Claude Romand se despierta, desayuna con sus hijos –Caroline nacerá en 1985, Antoine en 1987– y se marcha a una jornada laboral que no existe. Durante años se dedicará a errar por aparcamientos, bibliotecas, las partes visitables de la sede de la OMS y por los bosques en los que se crió y en los que revive los recuerdos de su infancia. Su mujer, empleada de farmacia, cree vivir una vida tranquila y de éxito junto a su marido.

En ocasiones, Romand finge asistir a congresos internacionales; esos días se aloja en cómodos hoteles, generalmente próximos al aeropuerto, donde pasa los días dormitando y viendo la televisión. En el propio aeropuerto les compra los regalos a sus hijos. Incluso se echa una amante en Paris, ella sabe que está casado y también cree que es médico. A ella también le estafa su dinero.

Cómo todos los mitómanos, él es perfectamente consciente de su mentira, y si fuese presionado podría llegar a admitirlo, aunque sentiría un vergüenza extrema, por lo que probablemente lo negará hasta sus últimas consecuencias.

Los problemas comienzan cuando los ahorros de sus padres y amigos se agotan y no puede seguir pidiéndoles dinero. Entonces intenta una estafa: asegura poseer una cura para cierto tipo de cáncer. Pero la estafa no da los resultados esperados. Jean-Claude, arruinado, se enfrenta al final de su mentira y ante la idea de ser descubierto, toma su terrible decisión.

El primer recuerdo que tiene Jean-Claude Romand de la mañana del 8 de enero de 1993, es el de sostener un rodillo de amasar mientras contempla a su mujer tendida en la cama con la cabeza aplastada. Él nunca ha negado que la matase, aunque no recuerda el momento en que lo hizo. Sus hijos se despertaron poco después. Bajó al salón con ellos y les dijo que su madre estaba durmiendo. Les puso el vídeo de “Los tres cerditos” y les preparó a cada uno un bol de choco-pop.

A la media hora, hizo subir a Caroline a su cuarto, fingiendo que jugaban le tapó la cara con una almohada y le disparó con una carabina con silenciador. Inmediatamente repitió la operación con Antoine. Viajó doscientos quilómetros hasta la casa de sus padres y comió con ellos. Después de comer subió al piso de arriba para ayudar a su padre con un radiador que se había estropeado, le disparó por la espalda con la carabina. Se fue a otra habitación y llamó a su madre, fue a la única a la que disparo de frente.

Probablemente ella se volvió en el último momento y vio a su hijo apuntarle con un arma. Jean-Claude salió de la casa y mató al perro. Fue a Paris e intentó estrangular a su amante, pero tras un forcejeo ella logró calmarlo por lo que salvó la vida. Jean-Claude volvió finalmente a su casa y le prendió fuego con él dentro después de tomar una solución de barbitúricos que le dejo inconsciente. Sobrevivió al incendio. Tras salir del coma fue juzgado y condenado a cadena perpetua revisable a los 22 años del crimen.

Esos 22 años han pasado y será a lo largo del 2015 cuando sepamos si el señor Romand volverá a ver la luz del sol. Él ha relatado que mientras preparaba el asesinato de su familia, se decía a si mismo cosas como que “solo limpiaba la carabina porque estaba sucia”, o que compraba la gasolina con la que incendiaría su casa porque “nunca se sabe cuando te va a dejar el coche tirado”.

Hay un principio de la psicología que dice que como le hablamos a los demás es como nos hablamos a nosotros. Es posible que para evitar enfrentarse al horror de lo que iba a hacer, se mintiese a si mismo aunque en el fondo supiese siempre la verdad.

Esta fue su última declaración durante el juicio:

“Ahora quisiera hablarte a ti, mi Flo, a ti, mi Caro, a ti, mi Titú, a mi papá, a mi mamá. Os llevo dentro de mi corazón y es esta presencia invisible la que me da fuerzas para hablaros. Lo sabéis todo, y si alguien puede perdonarme sois vosotros. Os pido perdón. Perdón por haber destruido vuestras vidas, perdón por no haber dicho nunca la verdad”.

“Y, sin embargo, mi Flo, estoy seguro de que tu inteligencia, tu bondad, tu misericordia hubieran podido perdonarme. Perdón por no haber podido soportar la idea de haceros sufrir. Yo sabía que no podría vivir sin vosotros, pero hoy sigo estando vivo y os prometo que trataré de vivir hasta que Dios lo quiera, salvo si los que sufren por mi causa me piden que muera para atenuar su pena”.

Sé que me ayudaréis a encontrar el camino de la verdad, de la vida. Hubo mucho, mucho amor entre nosotros. Os seguiré amando de verdad. Perdón a quienes podrán perdonar. Perdón también a los que no podrán perdonar nunca. Gracias, señora presidenta”.

Los bomberos que atendieron el incendio de su casa, encontraron muy extraño que hubiese rociado de gasolina el piso de arriba y se hubiese quedado en el de abajo. Es lógico pensar que si alguien se quisiese matar lo haría al revés. Jean-Claude Romand tuvo la “suerte” de hacerlo de esa manera y así salvar la vida.

Alexandre Lamas es psicólogo y ejerce profesionalmente en Ferrol, para más información podéis visitar su página web pinchando aquí.

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