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Quince minutos catárticos abrazando a la ría con luces y pólvora

Los fuegos de San Ramón vistos bajo el mirador de Canido (foto: Ferrol360)

MARTA CORRAL | Ferrol | Jueves 1 septiembre 2022 | 9:30

Existen pocos días más contradictorios que el de San Ramón para la ferrolanía. Por un lado, el lamento del final del verano aun a sabiendas de que todavía quedan 23 días oficialmente. Por otro, la confianza en los comienzos, el olor a forro que llega intacto cada principio de curso aunque llevemos décadas sin pisar el colegio. Y en mitad de estos pensamientos encontrados hacemos un paréntesis de 15 minutos para mirar al cielo iluminado de pólvora y volver a ser la niña a la que se le reflejan las luces en los ojos mientras se tapa las orejas o el adolescente que apura los últimos minutos antes de llegar a casa algo impuntual en su primera salida nocturna.

Ferrol se echó a la calle una vez más para despedir sus fiestas. Y los alrededores de la plaza de Armas ya estaban llenos mucho antes de que Andrés Balado empezase con sus primeros acordes. Aparcamientos imposibles, bares repletos, el contraste del tirante y la gabardina que solo se entiende en la última noche de agosto. Mientras Santi y Helena se despedían de A Magdalena antes de cruzar el charco ya morriñentos, un Carlos Tarque afónico asaltaba el escenario para repasar las canciones que llevan años formando parte del imaginario colectivo. M Clan arrastró incluso a los más perezosos, que se entregaron a temas tan míticos como Llamando a la Tierra, Quédate a dormir, Miedo o Carolina.

Precisamente, la de la dulce niña fue la penúltima, pero tácticamente cerró el concierto, porque a las 23:15, conscientes de que todavía nos quedaba el ascenso a Canido si queríamos ver los fuegos, hubo desbandada general por la calle de la Tierra y la Rubalcava. Espero que alguien le haya explicado a Tarque por qué huíamos del fin de fiesta como si nos fuera la vida en ello mientras tocaban la última. Ansío también que se tenga en cuenta y nos convoquen los dos reclamos del fin de fiesta más próximos en años venideros. Pero, la verdad, subir en tropel tuvo también su magia de manifestación coral, protestando de algún modo por la brevedad de un verano del que no nos podemos quejar de falta de playa.

A los coches no les quedaba más remedio que parar más de la cuenta en el semáforo de la Puerta de Canido para dejarnos pasar hacia Celso Emilio Ferreiro, donde muchos ya estaban esperando, rogando a su vez que los jabalíes no hicieran acto de presencia. La que firma, después de barajar varias opciones, descendió por Navegantes hasta el Acceso Norte, y se apostó bajo el mirador al que es imposible acceder por falta de desbroce y quizás sea mejor así, dada su aparente inestabilidad. Finalmente, aunque el chupinazo estaba fijado para las 23:30, conscientes el trajín de gente, la primera de las 2.000 unidades de fuego que se quemaron rompió el cielo a las 23:45 para completar 15 minutos catárticos abrazando a la ría con luces y pólvora.

Una sucesión de colores, sonidos y olor en la que solo se escuchaban gritos de sorpresa. Quince minutos para mirar hacia arriba conmovidos, haciendo ese balance necesario en el fin de año ferrolano. Quince minutos de regreso a la patria, que no es otra que la infancia, dejándonos llevar por ese túnel del tiempo feliz, las más de las veces. Cuando parecía que lo malo no podía tocarnos sin ser conscientes del privilegio. A una casi se le escapa una oración, como si los fuegos de San Ramón fuesen una especie de religión multitudinaria e intergeneracional. Y me dieron ganas de pedirles salud y trabajo digno para todo el mundo. De decirles, ahora que estábamos mirando a la ría miles de personas, que ya nos iba tocando un poquiño de suerte, Monchiño, amigo. Pórtate, que hemos recibido con mucho cariño a tu descendencia.

Quince minutos que retumbaban en el pecho ―inevitable acordarse con culpabilidad contradictoria de las personas sensibles a estos ruidos que lo pasan tan mal, además de los perriños y otros animales que sufren una ansiedad temida y padecida también por sus dueños―, que apenas movían una nube de pólvora que recorrió A Malata, Serantes, A Cabana y A Graña, sí, pero que también se propagó por Canido y A Magdalena. Pensé que quizás estos fueran los únicos quince minutos del año en los que nadie en Ferrol estaría hablando mal de Ferrol. Y que ya por eso, habrían merecido la pena. Mientras, las columnas de fuego salían del suelo y las palmeras explotaban sobre mi cabeza y a ver si no tengo un disgusto, que yo siempre tuve mucho imán para los balonazos que caían del cielo en el patio. No ocurrió, pero una ya había localizado por si acaso el gran despliegue de Policía y Protección Civil.

Y nadie quería que terminasen esos quince minutos de catarsis porque nadie quiere que se acabe el verano nunca a pesar de que seamos conscientes de lo mucho que nos hace falta la lluvia. Pero, entonces, la cadencia del lanzamiento aumentó y sabíamos que empezaba la traca final, que había que abrir mucho los ojos para no perderse nada. Estallidos de colores, bombas de palenque y las tres últimas, como tres puntos suspensivos, sin cerrar aquello del todo. Dispuestos a dar opciones para seguir el relato, como pueden ser Las Meninas. Y todo el mundo aplaude sabiéndose feliz en ese momento, como cuando se aplaude en el cine durante los títulos de crédito de una buena película a sabiendas de que el elenco no te va a escuchar, o como cuando se oye una ovación al aterrizar.

«Me encantaron». «Este año no escatimaron, eh». «Bueno, es que no me han podido gustar más». Parece que hay consenso a mi alrededor y eso en Ferrol es casi un sueño. Y con el olor a pólvora volvemos a subir, hablando de lo bonitos que habían sido los fuegos de San Ramón, y de lo mucho que los habíamos echado de menos estos dos años. Y de que hoy ya había que trabajar aunque en mi caso sea el penúltimo día antes de mis vacaciones. Los contrastes. Este jueves ya nos ha despertado la lluvia para mentalizarnos de que el tiempo de guardar la chancla y sacar la katiuska está cerca. Quizás tendría que haberle pedido al Marqués que me aguantara el verano hasta el 18 de septiembre. O quizás no. Feliz año nuevo ferrolano.

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