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Reinventando Las Pepitas

MARTA CORRAL | ‘O Falar non ten cancelas’ | Viernes 28 marzo 2014 | 13:23

A mi bisabuelo José Corral de Lis, al que nunca llegué a conocer; pero del que, me dicen, heredé el gusto por las canfurnadas, la voz ‘afinada’ para cantar habaneras y el cariño por los bares de Esteiro.

Si hay una característica -seguramente la única- que compartimos todos los ferrolanos, es que nos apuntamos a un bombardeo, como diría mi abuela.

No se discute que en nuestra genética la palabra «carallada» está escrita con letras mayúsculas. No en vano, donde hay alguien de Ferrol, siempre hay trangallada. Sabéis a lo que me refiero (guiño, guiño).

Por eso no consigo explicarme cómo es que desaprovechamos todas nuestras fiestas locales sin señalar ninguna con rotulador rojo en los calendarios para tener el omeprazol a mano. Siempre hay controversia, otra de las palabras escritas a fuego en nuestro código genético.

San Julián parece que sólo cunde para seguir haciendo la fotosíntesis findeañera, eso sí, los que no trabajan ese día. Los carnavales no acaban de cuajar en el centro, aunque en Ultramar se lo saben montar mucho mejor.

Las Pepitas parece que estén prohibidas para los menores de 50. La Semana Santa molesta a los que no participan de las procesiones. La Romería de Chamorro, a la mayoría, solamente le ha dejado un poso etílico en los tiernos años de su adolescencia.

Las fiestas de verano… Ay, las fiestas de verano. No hay mejor momento para sacar la lengua a pacer y criticarlo absolutamente todo. Año tras año. Esa sí que es una tradición ferrolana.

No lo entiendo. ¿Por qué somos los primeros en apuntarnos al San Froilán, al Apóstol, al Festival de Ortigueira, al Entroido de Xinzo, al desembarco vikingo de Catoira y no somos capaces de popularizar ninguna de nuestras fiestas?

Recojo el guante de los que me decís que siempre me dedico a esbardallar en mi columna sin aportar soluciones y esbardallaré hoy de manera constructiva. O, por lo menos, lo intentaré; porque les recuerdo a los señores pasajeros que yo sólo soy una simple periodista del montón, sin ninguna aspiración a organizarle la vida a nadie.

He pensado que, ya de meterme en fregaos, voy a contaros cómo lo haría yo –un ítem muy ferrolano, por cierto- en la fiesta que creo que menos gusta a los jóvenes: Las Pepitas. Sí, esa fiesta que pasa casi desapercibida para los que nacimos después del 65.

Mi amiga Iria me contaba hace poco que le parecía una tradición tremendamente machista, porque encumbraba la cultura del piropo. Esa misma cultura que reduce a la mujer a ser un culo y un par de tetas en exposición.

Otros amigos me comentaban que era una fiesta facha, arcaica y caduca. Que les olía a alcanfor a leguas, vaya.

Supongo, entonces, que los pocos jóvenes a los que nos gusta salir esa noche a echar cantadas y beber riojas somos unos machistas, fachas y puretas prematuros. Así, sacando a pasear la demagogia un poquito por mi parte.

Pero en estas cosas no hay como cruzar el puente de las Pías y pegarle un repaso a lo que hacen fuera. Casualidades de la vida, coincidiendo en fechas con la fiesta que nos ocupa, mirando a Levante, nos damos de bruces con Las Fallas. Fiestón nacional, señores.

Yo, como no lo entiendo y no lo he vivido nunca, esa fiesta me da pánico. Pasarse todo un año trabajando y gastando una talegada en muñecos grotescos que después arderán poniendo en peligro las casas de alrededor. Aderezado con las petardadas que seguro que revientan los tímpanos de cualquier mortal, no digamos ya de las mascotas. Y, cómo no, capitaneadas por mujeres -no hay falleros mayores-, que desfilan su belleza por las calles de la ciudad.

Una fiesta cojonuda, no lo dudo. Seguramente si hubiese nacido allí, le haría tragarse las palabras a las personas que se atrevieran a escribir el párrafo anterior; porque no me cuestionaría absolutamente nada. O sí, pero intentaría sacarle el máximo provecho.

Lo que intento plantear es que no debiéramos quedarnos con el envoltorio de nuestras Pepitas y desecharlo. Más allá de que las madrinas sean mujeres -siguiendo una tradición decimonónica, no creo que ninguna de ellas por ejercer su cargo se sientan mujeres objeto-, de que el atuendo de rondallista no esté a la última moda y de que la media de edad en los recitales sea de 70 años; más allá, está la música tradicional.

Un pedazo de nuestra historia que explica más cosas de las que pensamos. Retazos que cualquier pueblo inteligente conservaría sin apenas planteárselo, porque no hay nada de negativo en ello.

Es difícil pensar ahora en un mundo sin tantos entretenimientos y formas de comunicarse; pero hagamos el esfuerzo. Las habaneras que se cantan en la Noche de Las Pepitas significaron el ocio, la cultura, la historia, el escarnio y el romance para miles de ferrolanos.

Pongamos que vamos a cortarnos el pelo, por ejemplo, pero a principios del siglo XX. Hay cola en la barbería, pero no supone un problema. Alguien coge la bandurria que cuelga de la pared para estos casos y empieza a entonar. Habla de Cuba, de la emigración, de los que han vuelto sin un chico y de los que se han llevado la perra gorda.

Mientras, en el bar de al lado, otros toman unas tazas y ponen banda sonora al garito. Trincan la guitarra y le meten un buen repaso a toda la corporación municipal. No se libra ni el tato, ni los cerillitas ni los cherepas. Rajando sin ser oídos, protestando sin ponerse en peligro. Muy de moda también ahora.

Cuando caía la tarde y sólo había sombras que escondían las vergüenzas, la cosa se ponía tierna:
-Pero venga, Manolo, échale un par, hombre.
-Que no, oh. Que me va a dar calabazas. (Ahora diríamos: «Que no me traga, tío»).
-No seas parguelas, Manolo, ¡que vamos contigo!

Y así, tapados del frío y las miradas, envueltos en las capas, acompañaban a Manolo a cantarle a Nicolasa en su balcón de la calle Real. ¿Saldría o no? ¿Bajaría el padre? ¿Tendrían que escapar del sereno? Así se afilaban en la época, ya saben, no había ni Facebook ni Whatsapp. El tonteo a la cara, aunque a veces te la podían partir.

Y nos ponemos en el 18 de marzo. Los que trabajaban en el astillero libraban al día siguiente, era San José Obrero; así que esta noche había que celebrarlo y se iban de ronda. Taza aquí, taza allá… y a los de Ferrol nos gusta cantar, aunque algunos lo hagamos mal.

Cuando afloraba la lona, también lo hacía la osadía y había que intentar camelar a sus enamoradas con las armas del momento: las canciones; aunque también quedaba tiempo para las bromas y las judiadas a los vecinos.

Por cierto, no me negaréis que una maniobra parecida también funciona ahora: quien no haya sido groupie nunca, que tire la primera piedra.

Y así era todo, o casi. Lo más normal del mundo. El contexto de una época en la que la música ejercía un poder fascinante y pasaba de generación en generación. ¿Queremos, de verdad, borrar de un plumazo ese cachito de la historia de Ferrol? ¿De la historia que, además, hicieron los propios ferrolanos, el pueblo? Da que pensar.

A lo mejor, antes de borrarla del calendario, deberíamos hacer los deberes e intentar darle una vuelta. Quizás fuese bueno que, desde pequeños -como le ha pasado a la que suscribe-, se conozca la historia de esta fiesta y se publiciten las escuelas gratuitas de pulso y púa que tienen algunas rondallas, para los que quieran aprender a tocar un instrumento gratis.

Además, el mismo día de Las Pepitas, se podría organizar en paralelo un concurso de música, con grupos locales. Una especie de ‘Mocidade coa Lingua‘ en la que se presentasen canciones de todos los estilos, pero con temática ferrolana y se premiase a la mejor o a las mejores.

Eso, sin duda, crearía ambiente. Llegaría a los jóvenes a los que no seduce la fiesta tradicional, pero sí les apasiona la música. Habría barras en la calle, en Armas, por ejemplo. Habría fiesta.

Y después, eso sí, recuperemos la ronda. Recuperemos las cantadas en las calles con nocturnidad y alevosía. Recorramos el centro de Ferrol cantando lo que sea, como si es la canción de Songoku (que tire la segunda piedra quien no lo haya hecho aún).

Demostremos que si hay una fiesta, aquí no se va ni Pichi. Hagamos que la gente venga a Ferrol de carallada y que flipe, porque siempre acaban flipando (guiño, guiño).

Si sois de los que no soportáis una sobremesa sin cantada y puñetazo en la mesa, no perdamos esto. No seamos tan estrechos de miras, dejemos de lado los prejuicios y aprovechemos que es en Ferrol donde reina la alegría, que ni en Francia ni en Portugal hay chicas como en La Graña y que no hay quien pueda con la gente marinera.

Para el próximo año, paso lista. Ya sabéis, id practicando el «Adiós coruñesa, adiós, adiós, adiós».

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