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Salir del armario en Ferrol

ALEXANDRE LAMAS (Psicólogo) | “Esa cabeciña…” | Viernes 3 junio 2016 | 10:47

Salir del armario tiene tela. Primero porque nadie esta obligado a decir quién le gusta y quién no; segundo porque quién sale del armario suele sacarse como cincuenta quilos de piedras de encima.

La historia de Antonio es una buena muestra de ello. Antonio es un chico moreno, bajito. La primera vez que vino a mi consulta por problemas de ansiedad tenía 29 años. La suya era una ansiedad terrible con ataques de pánico que le impedían hacer su vida. A Antonio le gustaban los hombres pero su familia no lo sabía, tenía mucho miedo al rechazo.

Yo creía que eso tenía mucho que ver con su ansiedad, pero él no opinaba igual. Y además insistía en que, de alguna manera, su familia ya lo sabía por lo que no hacía falta hablarlo. “Mi hermano me tiene lanzado más de una pulladita, y también mi madre. Una vez me dijo que estaba deseando que le trajese una novia a casa, o un novio, y me lanzó una miradita cuando me lo dijo, eso es porque algo se huele”.

“Sí ya lo saben, no veo porque no puedes hablarlo con ellos -le respondí- podrías hacerlo aquí si quieres.” “Es que no lo veo necesario –insistía-, si me gustasen las chicas no tendría que decírselo, no me parece justo. Además mis padres tienen una idea mala de los gays, apenas salen de casa, se pasan el día viendo telecinco y creen que los gays son como Jorge Javier.”

A Antonio le contaba la historia de Jose, a ver si le servía de inspiración. Es la historia que mejor conozco, quizás por eso es la historia que más me conmueve. A Jose lo conozco desde que tengo memoria. Su voz es como un trueno y sus gestos son firmes, pero hay algo inseguro al final de su mirada.

Cuando era un chaval, para mí y mis amigos, Jose y sus colegas eran como estrellas del rock. Andábamos detrás de ellos y todo lo que hacían nos parecía fantástico.

Los admirábamos porque eran mayores, porque eran fuertes, porque se metían en problemas. A veces nos contaban sus aventuras, que nosotros escuchábamos con una mezcla de admiración y miedo. Historias de carreras en coches, de fiestas sin control, de noches que acababan en clubes de alterne. Muchas historias de esas. Historias que los hombres solo cuentan entre hombres.

Sin embargo, las historias sobre mujeres que contaba Jose las podría contar aquí porque eran todas mentira. Ahora Jose tiene 43 años y sé que nunca ha estado con una mujer.

Cuando tenía dieciséis años, Jose estaba enamorado de Carlos. Era algo que quizás solo se siente una vez en la vida y solo a esa edad. Por las noches, cuando sus padres se iban a dormir, Jose le escribía cartas llenas de palabras de amor. Ahora los chavales se escriben Whatsapps, en el futuro seguramente se hará de otra manera. Pero siempre se usarán las mismas palabras. Las palabras que todos hemos usado.

Algo debieron sospechar los padres de ambos. Seguramente fue más que una sospecha porque les prohibieron que se volviesen a ver, que tuviesen cualquier tipo de contacto. Muchas noches sin dormir pasó María, la madre de Jose, el miedo a los sentimientos de su hijo la retorcía de preocupaciones. Pero muchas más noches paso Jose sin dormir, noches de angustia y tristeza.

A Carlos le presionaron para que se buscase una chica, o eso me han dicho, sé que ahora está casado y tiene un par de críos. Carlos podía estar también con chicas, pero Jose no.

En las fiestas familiares María, su madre, repetía que prefería tener un hijo drogadicto que uno maricón. La vida, que de ironías sabe más que nadie, le dio uno de cada para que pudiese comprobar si era cierto. Supongo que lo decía porque sabía que a su hijo le gustaban los hombres y de alguna manera quería dejarle claro su desaprobación sin decirlo directamente.

Jose, por miedo o por vergüenza, se inventó una vida falsa. Vivió la noche, el trapicheo, la violencia. Las historias que a nosotros nos narraba como grandes gestas no eran más que una fachada tras la que ocultarse. Se machacaba en el gimnasio siempre con esa mezcla de ira y tristeza. De no poder ser quién era.

El tiempo pasó, y el mundo poco a poco fue cambiando, el colectivo GLT se fue haciendo más visible. La gente aceptaba que no todo el mundo es igual y en su sexualidad tampoco. Esto unido a que a Jose no se lo conociese ni se le hubiese conocido novia con 33 años, hizo que los temores de su madre creciesen hasta romper el dique.

Una tarde acorraló a Jose en el salón. Se puso delante de la puerta y le dijo que no saldría de allí hasta que no le dijese si era gay. Jose le respondió que le dejase en paz, le preguntó que a qué venía eso. Pero ella insistió: “A ti te gustan los hombres, ¿verdad?”. “Que me dejes, que me olvides –le contestó Jose- e intentó salir de la sala”. Pero María no se lo permitió. “Dímelo, le dijo, dímelo, di la verdad. Dilo”.

Jose podría haber gritado, podría haber roto una puerta de un golpe, de un solo golpe. Pero solo se veía capaz de llorar y aún así intentaba no hacerlo. Habló mirando a la pared. Dijo que sí tres veces, la primera fue un susurro, la segunda un lamento y la última un crujido.

Fue como nacer de nuevo, solo estaban él, su madre y el dolor.

Al enterarse su padre lo echó de casa. Su padre no era franquista, quizás era todo lo contrario. Aquella noche ni María ni su hijo pudieron dormir. Mucho pensó María esa noche. Mucho pensó durante las siguientes noches. Semanas en las que no vio a su hijo. Mientras su marido juraba y perjuraba que Jose no volvería a pisar aquella casa. Mucho pensó María durante muchas noches.

Un día, mientras el padre de Jose repetía su cantinela de que no lo dejaría volver a entrar en su casa María le echó una mirada de madre leona y le espetó: “Es mi hijo y tú no eres quién para prohibirle nada”. Al padre de Jose no le quedó otra que agachar la cabeza.

No volví a ver a Jose hasta un par de meses después, me acerqué por su trabajo y nos fumamos un cigarro (por aquel entonces yo todavía fumaba). Les acababa de presentar a su novio a sus padres. La verdad es que aquel novio era un desastre y le dio mala vida hasta que Jose reunió fuerzas suficientes para dejarlo, cosa de la que todos nos alegramos. Cuando estábamos fumando aquel cigarro le pregunté cómo estaba y me dijo, arrojando la colilla al suelo, “Nunca he sido tan feliz”. Y volvió al trabajo.

Jose se casó hace un par de años con un chico muy majo.

Antonio escuchaba mi historia, pero le hacía muy poco caso. Estaba demasiado preocupado por su propia historia.

Dos años después y como surgido de la nada, Antonio reapareció por mi despacho. Había conocido a un chico, el chico era finlandés pero vivía en Francia, se habían conocido a través de una red social. Había salido con muchos chicos, pero era la primera vez que consideraba a alguien su novio.

Se habían visto ya unas cuantas veces. Cuando Hans venía de visita se iban a Coruña para evitar miradas curiosas. Antonio no quería que a su madre le llegasen rumores. Pero estaba cansado de tener que esconderse. Y su cansancio había vencido a su miedo. Había llegado el momento de decírselo a su familia.

Ya había dado el primer paso contándoselo a su hermano, el cuál había reaccionado positivamente. Ahora quería decírselo a su madre y que su madre se lo dijese a su padre. Y para ello había decidido aceptar mi antigua propuesta de hablarlo en mi gabinete. Acordamos el día y la hora, su hermano también estaría para apoyarlo. Antonio salió diciendo: “Esto va a parecer el diario de Patricia”.

Le agradezco a Antonio el poder participar de ese momento familiar porque fue muy emotivo. Él estaba hecho un flan por lo nervios. Simplemente dijo: “Tengo pareja y es un chico”. La madre sonrió entre sorprendida y comprensiva. Al llegar a casa ella llevó al padre a su habitación y se lo contó. El padre salió llorando, se acercó a Antonio, lo abrazó y le dijo: “Te quiero y no soy ningún ogro como para que no puedas hablar conmigo”. Hasta quiso pagarle un billete para que fuese a visitar al novio. Por cierto, nadie en su familia sospechaba que a Antonio le gustasen los chicos.

Dos días después hablé con él: “No sabes el peso que me he quitado de encima Alex, siento mucha menos ansiedad”.

Nota: Los casos aquí expuestos están basados en casos reales, pero se han cambiado los nombres y otros datos personales para preservar la privacidad de sus protagonistas. Además he contado con sus aprobaciones expresas para escribir y publicar sus historias.

Alexandre Lamas es psicólogo y ejerce profesionalmente en Ferrol, para más información podéis visitar su página web en este enlace.

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