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San Isidro: El otro lado de la barra

JOSÉ MARÍN AMENEIROS | Lunes 19 mayo 2014 | 17:14

El otro lado de la cama es una españolada que trataba las incomprensibles relaciones, así generalizando, entre hombres y mujeres. Quizá por eso, para ponernos en el lugar de aquel que tanto nos mima sábado tras sábado, decidimos los de la Comisión de Fiestas dejar de dar la pena acostumbrada cubata en mano y saltar al otro lado de la barra para hacernos camareros. No hubo mejor maneja, como siempre, de iniciar el verano cedeirés: San Isidro.

La fiesta arrancó el viernes a las nueve y media, pero de la mañana, cuando empezamos a montar el redil en el que íbamos a pasar las próximas 58 horas, así a ojo. Antes, el jueves por la noche, el nordés había hecho volar la carpa, por lo que hubo que liberar un lado y dejar albedrío al viento. Nadie lo sabe, pero la suspensión de la fiesta fue una opción durante esa mañana, debido a las fuertes rachas. Pero esto es Cedeira: más hielos a la copa para que no vuele, y a bailar.

Anocheció, y el ambiente comenzó a cimbrear con el Grupo Alaska, la Orquesta Capitol en la recámara. A este lado de la barra, la fiesta aún era tranquila. Tanto, que casi el primer vaso que vertimos todos fue para nosotros. Cuando fui a estrenarme en mi función echando una copa a un cliente, me pareció que el asunto era mucho más complicado de lo que pensaba: no atinaba con la pinza, casi se me cae el Kas naranja y, sobre todo, me faltaban manos. Hasta que Eduardito, uno de los expertos en el tema, me dijo: «Oye, para servir a la gente, suelta primero tu cubata, castrón».

Pero San Isidro se fue animando hasta que no cupo ni el aire. No pudo faltar, cómo no, dosis de protagonismo para el presidente, Esteban Blanco, que subió al palco de la Alaska a sortear el jamón de ocho kilos y pico que rifaba la Comisión. El ganador tuvo que escapar con él al hombro, como la sota de bastos, antes de que le paparan hasta el hueso. Éso, entre merengues y bachatas, como Propuesta indecente, repetida en bucle por las cuatro orquestas del fin de semana, con alguna otra más de las que pintan canciones del verano para estos meses. La Capitol se estiró y la fiesta acabó a las seis, las siete en Comisión después de fregotear cientos de vasos y cascos por todo el toldo.

El sábado, antes de merengues nocturnos hubo colchoneros vespertinos, y antes aún, la infestada sesión vermú y las escandalosas meriendas. Con el viento amainado, y un sol criminal, la playa se hinchió de camisetas de colores, churrascadas, tortillas y mucho alpiste. Las pandillas se mezclan, la gente bebe y come a la sombra de las lonas, pasean al Chiringuito a por más suministros o se dan unos toques de balón por entre las dunas. Como la Xira, todo un sentimiento de día, pero en la beira del mar. ¿Mamá o papá? ¿La Xira o San Isidro? Cedeira.

Cuando todavía quedaba un pase entero de la Orquesta Canadá, y medio del Grupo Alcázar, cosa de las tres de la mañana, la luz de la reserva se encendió en el depósito del toldo. Tan buen clima y tanta gente reventaron las existencias, y eso que la mercancía comprada fue ¡el doble! que el año pasado. ¡No hay hielo! ¡No hay ginebra! ¡No hay tónica! ¡No hay Brugal! Frases que se enlazaban por dentro de la barra, entre bailes, carreras y saltos, mientras la gente se lo tomaba espectacularmente, pidiendo cualquier otra cosa a la vez que la Comisión saqueaba unos cuantos bares de Cedeira reponiendo todo el material posible.

Tal era el agobio que hasta bien entrada la madrugada no se abrió un hueco para el sorteo del sábado, una cesta con chorizos, queso, vinos, anís o miel. Otra vez le tocó al presi subir al palco de la Canadá, junto a una mano inocente que se llevó de regalo la de The Full Monty de parte de la orquesta. El ganador izó la cesta como si fuera la Champions League. Cerca de las seis de la mañana, después de rumbear durante todo un día, vermú, merienda, tarde, noche y madrugada, los cedeireses –y los muchos venidos desde municipios vecinos- se replegaron, aunque algunos aún decidieron finiquitar la noche en el Galifornia o el Maracaná.

Fue un San Isidro enorme, tanto a un lado como a otro de la barra. Los mismos componentes de la Canadá, tomando algo con la Comisión al ocaso de la verbena, dijeron que hacía tiempo que no estaban en una fiesta tan animada, y que prolongaron su actuación quince o veinte minutos de más viendo el bureo que llevaba la gente encima. La banda de música Vila de Cedeira pechó las celebraciones el domingo, en una sesión vermú más concurrida de lo previsto. Antes, a mediodía, un coche recorría las calles de Cedeira voceando por un megáfono algo de las elecciones europeas. Lo más raro es que el candidato que anunciaban no era Esteban.

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