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Segunda estrella a la derecha y recto hasta el amanecer

MARTA CORRAL | ‘O Falar non ten cancelas’ | Lunes 21 abril 2014 | 13:30

Lunes de Pascua. O de Chamorro, mejor. Llueve, por cierto, para no defraudar al personal que se vuelve a donde pace con el ansia del anonimato que te baja del estrellato, pero te devuelve la libertad.

Maletas, aviones, comidas familiares, besos, quilómetros, fotos, «- ¿Cuándo vuelves? – En verano». Adiós, buen viaje. Hablamos. A ver si me decido a ir a verte y desconecto un poco de todo esto.

Y de nuevo la rutina, y las calles tranquilas, alguien diría que cómodas, de nuevo. Nadie pregunta ya «¿Por dónde andas?», porque los que andamos hoy, andamos aquí. Aún por el paseo de invierno, aunque los que se han ido dicen que ya llegó la primavera.

Tendrán razón, seguro. Saben más. Han visto más allá del puente de las Pías. Van en metro y hablan otro idioma, viven en ciudades donde nadie les conoce. «Es un alivio, ¿sabes? Nadie se mete en tu vida, ni te miran por la calle», trabajan de lo suyo en empresas que siempre van bien y toman copas en bares en los que algún famoso tomó copas antes, algún día. Envidiable.

Idos tranquilos. Volved cuando queráis, mejor en verano, que suponemos que para esas fechas ya hará sol y os pondréis morenos. No os preocupéis, ya nos quedamos aquí nosotros, velando porque nada cambie ni un ápice; para que cuando regreséis, sigan poniendo esos chicharrones que tanto os gustan en el Cubanito.

Mientras, seguro que nos las arreglamos para sobrevivir sin vosotros, aunque cueste, y mucho. Cuando volváis, todo estará igual, como en el País de Nunca Jamás; pero sin Peter ni Wendy, eso sí. Ellos se han ido a Londres a currar en Zara y aquí sólo quedan los Niños Perdidos y Campanilla, que vive en Narón.

Aquí estaremos los de toda la vida, aguantando el tirón. Apartando la mirada cuando un nuevo local se sume a la moda de “liquidar por cierre”, esquivando las concentraciones de buzos multicolores que bloquean las calles gritando; apretando los dientes mientras buscamos trabajo de lo que sea y no encontramos de nada.

Entonces, de repente, cuando estás concentrado en apartar la vista y esquivar la realidad y apretar los dientes; entonces es cuando alguien te dice esas palabras tan socorridas: «Y ¿por qué no te vas fuera? Noséquién está en Nosedónde, encantado». Y lo primero que se te pasa por la cabeza es darle la razón a la señora -porque razón no le falta-, porque todos los que se han ido están encantados y trabajando y tomando copas en bares donde algún famoso tomó copas un día y yendo en metro y hablando en inglés.

Pero antes de que haya un segundo pensamiento presente en tu cabeza, la señora contraataca: «Bueno, a ver, hay que echarle valor, porque llegar, con otro idioma, empezar de cero…». Y sí, de nuevo tiene razón. Hay que tener coraje para hacer el macuto, cogerte un avión y limpiar escaleras hasta que puedas ser camarero y, con un golpe de suerte -y muchos golpes de duro trabajo-, un día encuentres un empleo de lo tuyo.

Lo malo -para la señora- es que en tu mente, como un rayo, ha hecho entrada el tercer pensamiento y a ella no le quedan más frases; pero a ti sí.

Y con una sonrisa de resignación, como si lo que fueras a decir significase flaqueza, le reconoces a la señora que lo que quieres es quedarte en Ferrol. Que esto te gusta, que naciste aquí y que tus padres te inyectaron el amor por esta ciudad tan desagradecida y que serías feliz si encontraras un trabajo que te salvara de la huida. Y, sin darle tiempo a coger aire, sigues. Y si esto fuese la escena de una película de Hollywood, sonaría de fondo una música que enfatizaría tu discurso, y la gente en la calle Real se pararía a escucharte, y tú paladearías cada una de las palabras que llevas queriendo gritar mucho tiempo.

Que para valientes, los que estamos aún aquí, los que no nos hemos ido. Capeando el temporal, luchando todavía en una ciudad en la que pocos luchan ya, exprimiendo un jugo al que no le quedan muchas gotas, creyendo en las hadas, a ver si así vuelve Campanilla y nos presta su magia, que falta hace.

Le recuerdas, a la señora, que sus hijos viven fuera y que sólo ve a los nietos tres veces al año; y que, por desgracia, las señoras no duran eternamente. Y que hasta en la Pecera necesitan que haya gente paseando que dé sentido a sus murmullos.

Que si nos vamos, señora, no habrá nadie que mantenga este parque temático al que sus hijos regresan las fiestas de guardar. Ni chicharrón, ni procesión ni chiringuito en Doniños Beach.

Y acabas. Entrevés una nube en los ojos de la señora, que se despide y te deja seguir. Casi te has asegurado por completo que no te va a volver a dirigir más que un «hola» cuando te vea por la calle. Y si la vida fuese justa, la música subiría, habría aplausos y aparecerían los Portadores del San Juan para llevarte a hombros.

Pero no lo es, y llegas tarde. Y aquí no hay metro para decir que estaba lleno. Pero tampoco lo necesitamos, como otras muchas cosas. Eso sí, hay algo sin lo que estamos condenados: trabajo. Chollo. Curro.

Y sí, Navantia; y sí, la Administración. ¿De verdad sólo tenemos esas salidas? ¿En serio que todas nuestras esperanzas están a expensas de los demás? ¿Por qué nuestro futuro no depende de nosotros?

HELP! La cosa peligra, esto se acaba, amigos, y los de aquí estamos haciendo todo lo posible. Nos vamos al garete. Estamos dejando de creer en las hadas.

Tenéis que ayudarnos. Tenéis que buscar, adentro, aquellas cosas que han pasado por el corazón y que llamamos recuerdos. Escoged, por ejemplo, quince. De ellos, ¿cuántos están ligados a esta ciudad?… ¿Sorprendidos? Siempre has estado aquí, esta es tu casa, a la que siempre vuelves. A la que, a pesar de haberla dejado atrás, echas de menos cuando no estás y la echas de más cuando estás más tiempo de la cuenta.

Necesitamos que traigas esas ideas, las que han hecho que en otros lugares hayas podido trabajar por tu cuenta; las que compran los billetes de avión que te traen a casa. Urge que a Ferrol se le devuelva un poco de lo que dio. Volved a casa, aunque sea por un tiempo; invertid aquí, traednos la luz a la caverna de verdad, como siempre os gustó creer a muchos.

Ya sabéis que no podemos dar mucho más a cambio.

Aquí nos van más los buses que el metro, seguimos hablando en ferrolano para que sólo nos entendamos nosotros y todo el mundo sabe de quién es cada uno. Lo sentimos, pero tampoco vienen muchos famosos a tomar copas a los bares.

Aunque, bien visto, todo podría cambiar si es necesario. Quizás ese es el primer paso.

Cambiar.

Yo creo en las hadas. Yo creo, sí creo.

** Este artículo obtuvo el primer premio del certamen Lidera Ferrol 2013, en la categoría de relato corto.

Segunda estrella a la dercha y recto hasta el amanecer

5 comentarios

  1. rakel feal casteleiro

    Precioso

  2. Silvano Gonzalez

    Como siempre, Marta expresa perfectamente en sus reflexiones el sentimiento y pensamientos de los que todavía vivimos en nuestra ciudad. Aquí está nuestra vida.
    El mundo mal, España peor, Galicia peor todavía, y Ferrol mucho peor. Mucha cuerda nos queda por subir. Y tienes toda la razón: vamos a tener que hacerlo nosotros mismos. No nos van a ayudar.
    Gracias Marta por hacernos leer lo que tenemos escrito en el ánimo y, por lo menos, sentir un poco de consuelo.

  3. Marta me he emocionado leyendo.
    Gran artículo.
    Un abrazo,
    M.

  4. Tremendo Marta. Encantoume!!!

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