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«Señor, ¿me pasa?»: la historia del niño que soñaba con jugar en el Racing de Ferrol

Fotomontaje de una plantilla del Racing, Moreno y su carrito, y el viejo estadio Manuel Rivera (elaboración propia)

MARTA CORRAL | Ferrol | Martes 5 octubre 2021 | 21:51

A su padre no le gustaba el fútbol, pero él tuvo la suerte de no desarrollar inmunidad al rugido que se escuchaba desde la casa familiar de la calle Fontaíña en domingos alternos. A mediados de los sesenta, los niños que vivían fuera de puertas no podían hacer muchas más cosas que jugar en la calle.

Se juntaban en las vías para patear algo que pretendía ser un balón hecho con trapos. Los derbis del Caballo Blanco contra el Santa Marina les recubrían de sudor, tierra y un verdín muy malo de sacar del pantalón para disgusto de sus madres. Aquellas pachangas eran épicas. Mucho mejores cuando lograban hacerse amigos de algún niño al que le habían regalado una pelota de verdad.

La caída del sol marcaba el minuto 90. Sentados en los troncos, sacudiendo los zapatos para minimizar la regañina, soñaban despiertos con debutar en el gran estadio. Con jugar en el Racing, su referente. Alguno de ellos lo conseguiría años más tarde, pero esa es otra historia y hemos venido a contar la del niño de 7 años que guardaba la portería y vivía a 200 metros del Manuel Rivera.

Cada sábado su madre lo bañaba en la tina para que fuese reluciente a catecismo al día siguiente. Le obligaba a ponerse esos pantalones cortos que detestaba, lo repeinaba con tiralíneas y lo regaba con agua de colonia. En los pies, aquellas sandalias con hebilla en el lateral que se clavaban cuando te sentabas a lo indio. Si le compraban calzado retaba a sus amigos a una carrera porque, como todo el mundo sabe, con zapatos nuevos se corre mucho más.

La catequesis y la misa en el Rosario parecían eternas. Él solo pensaba en que llegara la hora del partido para deslizarse por su calle y avistar ondeando en Preferencia las banderas de los equipos de Segunda división. Si cierra los ojos todavía puede ver a la marinería en el Fondo Norte, los laterales repletos de aficionados y al señor que iba poniendo los resultados de la Quiniela en el fondo sur.

Después de comer, a la hora del partido, bajaba con sus amigos para intentar entrar en el Inferniño. Iban solos, así que tendrían que convencer a unos cuantos señores. Se ponían en la entrada de Preferencia para decirles: «Señor, ¿me pasa?». Era la única manera. Si había suerte, los compasivos les cogían de la mano o les ponían el brazo en el hombro, enseñaban el carné o la entrada y remataban la misión.

Si no, corrían hasta el Palco de las Ánimas para ver a su Racing desde allí. Tiempo después idearían una entrada infalible: venderían caramelos y helados en el estadio trabajando para Moreno a cambio de una propina y alguna sisa furtiva. En ocasiones contadas tocaba pagar. Unas 25 pesetas por ver al Real Madrid o al Athletic de Bilbao en la Copa del Generalísimo.

Pero lo realmente bueno llegaría algunos años después, cuando nuestro protagonista se hizo amigo del sobrino de El Gitano, el masajista del equipo. Los días de partido esperaba en la entrada de Alcalde Usero junto a un montón de niños sabiendo que iba a ser uno de los elegidos para ejercer de recogepelotas. En aquellos años los baloneros no perdían detalle del partido.

Se ponía detrás de la portería del equipo contrario y advertía al portero de la que la le iba a caer aquella tarde. De vez en cuando se les rebotaba, pero eran críos de 12 años contra los que poco o nada podía hacer más que resignarse. En la portería idolatraba a Zumalabe, pero en el campo aplaudía a Pepiño, Carlos, Gringo, Arroyo, Germán… Su debilidad eran los delanteros, los que metían goles al galope en un Ferrol con solera que imprimía prestigio.

Añora el fútbol de entonces aunque no lo diga mucho. El juego ofensivo y la naturalidad del futbolista. Dice que todavía en esos años eran pillos, más callejeros, con picardías y un carácter que imponían en el terreno de juego. Atesora en su memoria partidos de una intensidad inigualable. Detrás de la red, cuando era un cativo, se dejó marcar por una pasión que no era la misma desde la grada. Prometió que nunca fallaría y ya no dejó de ir al Racing.

Se fue con él a La Malata sabiendo que aquello era un cambio muy radical. La ciudad estaba perdiendo un estadio muy emblemático, con una ubicación ideal para ir al fútbol. Las mujeres esperaban fuera cuando el partido acababa y las familias se iban de vinos por el Inferniño, que era una fiesta, sostiene.

Cuando la infancia se esfumó y la obligación de encontrar un empleo le empujó a colgar los guantes y su sueño, sus amigos estaban ya a otros menesteres y las faldas ocupaban el primer puesto en la lista de entretenimientos en detrimento del fútbol. Pero él no fallaba. «Si le gusto, le voy a gustar también después del partido», decía. Con 17 años pudo ganar lo suficiente como para hacerse socio del club.

Antes de su boda solo le puso una condición a su mujer: «Que todos los domingos que jugase el Racing en Ferrol, si no había causa mayor, siempre iría el Racing primero». Cuando aceptó, ella no sabía que tres décadas más tarde —cumpliendo al fin un sueño moldeado por el tiempo—, Miguel Martín Rodríguez llegaría a ser, por unos años, el delegado más entregado que ha tenido el club.

[Nota al pie: Este relato resultó ganador del I Certamen ‘Cuento contigo, Racing’, convocado por el Museo Racing Club Ferrol 1919 con motivo del centenario del club ferrolano y se reproduce ahora para felicitar al racinguismo el día que el equipo cumple 102 años.]

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