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Si George Bailey fuese ferrolano… ¡perro caliente!

Fotograma de la última escena de 'Qué bello es vivir' de Frank Capra
Fotograma de la última escena de 'Qué bello es vivir' de Frank Capra

MARTA CORRAL | O falar non ten cancelas | Lunes 24 diciembre 2018 | 12:57

Para mí hay dos películas que marcan el inicio emocional de la Navidad: Love Actually y Qué bello es vivir. En mi casa no empieza a oler a fiesta hasta que veo por enésima vez a Sam diciendo eso de que «el amor nos cosa a leches» y a Clarence recibiendo sus alas, por fin, mientras suena la campana del árbol de los Bailey.

Estas fechas nos devuelven a nuestra infancia y entonces todo era fácil. Las tradiciones estaban ahí para seguirlas y, ahora, cuando lidiamos con la pesada empresa de ser adultos, debemos establecer nuestros propios rituales navideños para seguir ilusionándonos. Para ser un poco más felices.

De la primera película nos ocuparemos en los próximos días y, del clásico de Frank Capra, lo haremos, si me acompañan, este lunes de Nochebuena, cuando el sol del invierno entra por la ventana y el WhatsApp acumula decenas de buenos deseos e invitaciones a brindar.

No sé si conocen la historia de George Bailey. Si todavía no saben de él, conviene advertir que puedo destripársela en este artículo y, como mis dotes dándole a la tecla no le llegan ni a la suela del zapato a este filme icónico, lo deseable es que lo vean antes.

Aclarado este extremo y lanzada la alerta de spoiler, diré que hasta este año (en el que una tiene una sobredosis de ferrolanismo -más, si cabe, de la habitual-) no había caído en la cuenta de que George podría haber sido, perfectamente, un ferrolano. Exagero, seguro, pero tengo el defecto de ver literatura en casi todo. Sean mis cómplices en esto.

Me explico. El bueno de George (un magistral James Stewart) vive en Bedford Falls, un pequeño pueblo en el que todo el mundo se conoce y que arrastra un índice significativo de paro desde que cerró la fábrica que daba empleo a la mayoría de sus habitantes en edad de trabajar.

Sin mar, pero con río, allí se conocen todos al dedillo la vida del vecino y comparten rutinas: la tienda, el club para las fiestas, el bar. También tienen un cacique dueño de medio pueblo. Quizás lo nuestro esté un poco más repartido, pero échenle la imaginación necesaria para que vayamos de la mano.

El pequeño George quería ver mundo. Viajar a Europa, protagonizar grandes aventuras lejos de su hogar. Sin embargo, el destino quiso que, una y otra vez, tuviese que renunciar a ello para hacerse cargo del negocio familiar, la compañía de empréstitos que montó su padre y que construye casas dignas en cooperativa para los vecinos.

El amor por su familia y por sus vecinos pudieron más que su propio deseo de viajar. Sin embargo, después de superar todo tipo de adversidades, llega el mazazo final y George se ve con un pie en la cárcel. Desesperado, se dirige al puente con el propósito de suicidarse y allí aparece Clarence, un ángel todavía sin alas que intentará conseguirlas salvando al protagonista.

¿Cómo lo consigue? Le muestra cómo sería la vida de todos sus vecinos si él no hubiese nacido. Si todas las cosas buenas que hizo en su vida no se hubiesen producido. Y todo se torna en pesadilla. Al límite, el hechizo se rompe y George vuelve corriendo a casa para recibir la mayor de las sorpresas: todo el pueblo estaba allí dándole dinero para evitar la prisión. Los que se habían ido fuera cumpliendo el mismo sueño que él tuvo una vez, los que estaban de vuelta. Y todo porque, como Clarence le dejó escrito en el volumen de Las Aventuras de Tom Sawyer que le regaló: «ningún hombre que tenga amigos es un fracaso».

En estos días de llegadas de aquellos que se fueron a perseguir sus sueños fuera de aquí, me gustaría acordarme de los otros que se quedaron. De los que llevan años peleando contra las dificultades, contra la frustración y los días grises. De aquellas personas que han seguido aquí para cuidar a sus familiares, para hacerse cargo de negocios que ellos no desearon. Para recibir a sus hermanos y a sus amigos que vuelven con historias emocionantes del otro lado del puente de As Pías.

Quizás, en algún momento, pensaron en ir allí y acabar con todo. En coger un tren y dejar esto atrás. En huir. Pero gracias a ellos y no a otros esto sigue en pie. Y esta noche, cuando el olor a gambón a la plancha se deslice por A Magdalena y el vino active los cánticos a deshoras, podrán sentirse orgullosos de haber sido los guardianes de esta patria chica que no es otra que el hogar. De haber mantenido la casa encendida para que los otros puedan regresar.

Ahora, que la esperanza vuelve a asomar en forma de buques, que el horizonte pinta un poco menos negro y la luz empieza a vencer de nuevo debemos celebrar que no estamos solos. Y eso, es el mayor regalo que uno pueda atesorar.

Por un 2019 en el que no se tenga que ir nadie más si no quiere. Y en el que alguien regrese para quedarse. Felices fiestas.

Un comentario

  1. Parabéns. Unha xanela de esperanza . Felices festas a toda a familia de ferrol360, sodes parte do Ferrol que quere ser

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