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Sin salir de aquí: Ortigueira

Molino de viento del Campo da Torre, en Ortigueira (foto: Mero Barral / Ferrol360)

RAÚL SALGADO / MERO BARRAL | Ortigueira | Jueves 29 julio 2021 | 21:25

Con tintes ligados a la historia noble y con un paisaje no urbano absolutamente desmelenado. Ortigueira, con casi 210 kilómetros cuadrados, es uno de los municipios más extensos de Galicia y consigue en ese amplio territorio un abanico de contrastes que seduce hasta a aquel que se resista a cualquier encanto.

Llegar a su núcleo principal por su mayor arteria desde Ferrol o por la vía ferroviaria es desembarcar en un remanso que únicamente se matiza de forma parcial en el verano. Carreteras sin estrés, un apeadero de tren al pie de su centro neurálgico. Facilidades, en efecto. Una vez que Cerdido ha quedado atrás, los campos se ven salpicados por pequeñas aldeas.

El cuchillo de la despoblación ha ido desangrando con sigilo pueblos antes bulliciosos y cuya rica historia ha quedado reflejada en infinidad de publicaciones. No es precisamente complicado navegar en lo vivido en estos lares y la pasión por seguir sabiendo más es parte indispensable del pensamiento colectivo ortegano.

Estatua al gaiteiro en el malecón de Ortigueira (foto: Mero Barral / Ferrol360)

En el pulmón de Santa Marta resisten su tejido comercial y hostelero veterano. Las calles centrales que fluyen hacia la casa consistorial, la iglesia o el antiguo mercado añoran este verano, como ya lo hicieron el anterior, el jaleo del Festival Internacional do Mundo Celta. El milagro de haber mezclado una sociedad tradicional con todas las del resto del planeta.

Malecón y Alameda abren el camino a un largo recorrido por su lengua litoral, que cierra un círculo que en la parte norte de la villa mira al pasado con su biblioteca o su residencia de personas mayores. Cualquiera de sus callejuelas es un reloj apagado, un relajante tiempo que se ha detenido. Como su conjunto conventual o el cementerio con vistas de elogio.

Si pensamos, precisamente, en imágenes de privilegio vamos a tener que elegir. O quedarnos con todas. Junto al casco urbano, el coqueto molino de viento del Campo da Torre aporta una de ellas, al igual que en Espasante lo hace una imponente Garita da Vela, expuesta sin abrigo alguno a las inclemencias del norte.

Pinar de Morouzos, en Ortigueira (foto: Mero Barral / Ferrol360)

Espasante merece capítulo aparte. Es uno de esos raros casos en los que una localidad que no asume la capitalidad de un ayuntamiento ostenta personalidad definida y pisa con huella propia. Tiene un rol esencial por la relevancia de la faena pesquera y la mirada del visitante se detiene en su puerto.

Fieles del cerdo Antón, al que se cuida como al más influyente de los monarcas, una estatua consagra esa veneración en su arteria de entrada. El surf enciende aquí uno de sus faros y exhibe las credenciales de turismo de futuro y sostenible. Si cogemos un lápiz y trazamos una senda, hay una playa o una cala prácticamente a cada paso.

La propia Espasante tiene varias a sus pies. No muy lejos de allí, Loiba ha aparecido en el mapa para un público masivo por un afamado banco, pero ese agotamiento que puede causar no debe hacernos olvidar que su entorno prácticamente virgen a base de acantilados y monte en estado puro bien vale un trayecto en el que el coche vaya a pocos kilómetros por hora.

Molino de mareas de Senra, en Ortigueira (foto: Mero Barral / Ferrol360)

Si Loiba es incluso demasiado conocida, hay sorpresas que tienen que contar con un lugar prioritario en la agenda. Sarridal con su Pena Furada, un conjunto rocoso de forma caprichosa que saluda a la costa más salvaje con los orificios en los que el oleaje modifica como le viene en gana. La costa regala ideas a cada momento.

Como las regaló a los que sacaron partido a su materia prima por mucho riesgo que llevase consigo. El aprovechamiento de las algas para su transformación ha sido un ejemplo. El inabarcable rural de Ortigueira quizá requiera de más aventura, de pericia para saber qué elegir en cualquier cruce de caminos.

De Couzadoiro a Céltigos pasando por Devesos, donde el santuario de Portas hace brillar la fe con agua que ayuda a curar. De nuevo al calor de la ría, el molino de mareas de Senra, perfectamente enmarcable en un cuadro romántico. El aviso de una época que se fue en un lugar que no deja de ser de ensueño.

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Por si no hemos tenido suficiente paz, el Morouzos sin fin será nuestra medicina. La talla de los ejemplares que forman su masa arbórea, el largo sendero hacia una playa en la que el agua mece y la arena es particularmente fina. El encanto de la lluvia cuando la tiñe, de sus cabañas y sus escondites a la espera del retorno de sus días de gloria Celta.

(Fotos: Mero Barral© – 2021. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.)

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