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Sólo un perro

MARTA CORRAL | ‘O Falar non ten cancelas’ | Viernes 31 octubre 2014 | 12:16

«Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo…».

El Principito, Antoine de Saint-Exupéry

Ahora que Teresa Romero cuenta los días para volver a su casa y reencontrarse con la vida que dejó apartada desde que el ébola la marcó para siempre. Ahora que Fernando Simón ha logrado que la opinión pública baje la guardia con el arma más poderosa de cuantas existen: la información. Ahora que de los ríos de tinta que corrieron han menguado sus caudales, sólo ahora, cuando nadie parece ya acordarse, yo me sigo acordando de Excalibur.

Un perro asesinado por la incompetencia de un gobierno. Un perro que, sin programarlo, les ha quitado la máscara a un buen puñado de políticos. El mismo perro al que Teresa echará de menos cuando cruce el umbral de su casa, ése del que este mismo viernes se acordaba: «¡Sólo quiero que me den a mi perro… ¿Qué le han hecho a mi perro esos hijos de su madre? ¡¿Por qué me lo han matado?!».

En este país cínico, aunque estés debatiéndote entre la vida y la muerte, tu condición de persona pasa a un segundo plano para reprogramarte como un problema a despejar. Y ese perro se convirtió en un problema colateral. Primero, porque, dicen, no existía ninguna instalación que contase con las medidas de seguridad pertinentes para aislar al animal. Segundo, porque la improvisación siempre nos ha gustado en este país, al igual que hacer oídos sordos al consejo de los expertos, que no nos gustan, porque suelen saber más que nosotros y eso nos jode.

En tercer lugar, porque nuestra clase política no ha destacado nunca por empatizar con las emociones del populacho. Esos hippies piojosos que son capaces de hacer una sentada para salvar a un animal. Y tercero, porque Excalibur, era sólo un perro.

Y claro, los que pusimos el grito en el cielo al enterarnos que unos hombres de traje y corbata habían decidido el destino de Excalibur, éramos patéticamente insolidarios. Porque nos preocupábamos de un perro y no de las más de 5.000 personas muertas por ébola en África. Como si el amor fuese excluyente.

Como si no tuviéramos una capacidad inmensa para amar y considerar no sólo a las personas fallecidas, sino también a las enfermas y al personal sanitario que se juega el tipo a diario, pero también a Excalibur o Bentley, su colega de Dallas con mejor fortuna que él.

De nada sirvió que el marido de la enferma, Javier Limón -en plena cuarentena y con el miedo y la impotencia que produce el saber que tu mujer puede morirse sin que entrase en tus planes y que tú mismo puedes morirte-; en esa tesitura, lo único que pide es que salven a su perro. No arremete contra nadie, no golpea las paredes del hospital donde está aislado para pedir dimisiones. No. Pide que no maten a Excalibur.

Supongo que también será un patético insolidario más.

Pero hay veces en que la vida es un poco justa. Y te da el tiempo suficiente para averiguar por donde te va a venir el derechazo de tu adversario, con tiempo para esperarlo. Y en este país donde nadie dimite, donde se atan los culos a las poltronas incluso cuando una mujer puede morirse por haberse tocado la cara, porque debe ser media lerda y no hace falta hacer un máster para ponerse un traje.

En este país, el único que ha dimitido, paradojas del destino, ha sido Lucas Domínguez, el director del operativo que entró en la casa de Teresa y mató a Excalibur. Ni la Ministra Mato -a la que sólo le faltó llorar en la silenciosa rueda de prensa que ofreció-, ni el Consejero de Sanidad de Madrid -a pesar de que a la política llega bien comido porque es médico y, al parecer, está forrado-. Ellos no, dimite el que mató al perro. ¿En qué quedamos entonces? ¿Es o no es sólo un perro?

Es complicado que las personas que no tienen la inmensa suerte de compartir algunos años de su vida al lado de un animal entiendan el vínculo que nos une a ellos a los que sí tenemos esa fortuna. Sus bienvenidas, sus lametones. La manera en la que te consuelan si te adivinan triste, dejándote tu espacio, pero acurrucándose a tu lado en el sofá para que tengas la certeza de que están ahí. Ellos son únicos para nosotros porque los hemos domesticado y ellos, nos han domesticado a nosotros.

Quizás, después de todo este tiempo mirando a la muerte de cerca, Teresa y su marido se supieran más a salvo con Excalibur al otro lado del sofá. Levantando las orejas sobresaltado por algún ruido de la calle, dormitando en alerta permanente. Pero él ya no estará en casa y ellos, salvados, sentirán el vacío de la soledad evitable.

«Sois bellas, pero estáis vacías. No se puede morir por vosotras. Sin duda, que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa que he regado. Puesto que es ella la rosa que puse bajo un globo. Puesto que es ella la rosa que abrigué con el biombo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron mariposas). Puesto que es ella la rosa a la que escuché quejarse, o alabarse, o aun, algunas veces, callarse. Porque ella es mi rosa».

El Principito, Antoine de Saint-Exupéry

El principito y el zorro

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