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«¿Te hago una selfie?»

COSAS DE NOELIA | Jueves 6 de noviembre 2014 | 21:00

Las conversaciones sobre las diferencias entre revelado de carretes y la fotografía digital se han quedado tan obsoletas como el final de Los Serrano. Pero aún así siempre surgen. Como el final de Los Serrano.

Tengo debilidad por las comparativas nostálgicas, eso es así. Y por ello, ante la variedad de contenidos de la fotografía actual no profesional, no puedo sino recordar las fotografías de antaño. Y digo “antaño” siendo plenamente consciente de que me refiero al tiempo de mi niñez y de que cuando era niña “antaño” me sonaba a damas antiguas con sombrillas de puntillas. El tiempo, ese ser vivo implacable.

Las fotografías de antaño, decía, son absolutamente adorables. Nuestros padres y su especial obsesión con fotografiar monumentos enteros con personas pequeñitas… Te dejaban a la puerta de la catedral y se alejaban 200 metros para sacar la foto al conjunto. Que tú habías visto películas en las que se abandonaban niños a la puerta de las iglesias y te ponías a llorar. Pero daba igual porque en la foto no se vería tu expresión.

Y la otra obsesión: las fotografías de cuerpo entero. El plano medio es para ellos una auténtica aberración: «¡Pero si me has cortado las piernas!» y no hablemos del primer plano, que ya desde el momento en que estás sacando la foto te gritan: «¡Tan de cerca no, tan de cerca no, que se notan las arrugas!».

Las fotos de cumpleaños y carnavales, los dos acontecimientos claves de nuestra niñez. Siempre había uno que se ponía bizco y sacaba la lengua. Y ahí está, para la posteridad. Que eso era lo bueno, lo real, 12, 24 o 36 fotos rebosantes de esplendorosa naturalidad.

Y tangibles. Esa virtud que se ha perdido. «Si no las puedo tocar no son fotos ni son nada», es lo que te dicen ahora tus padres y abuelos. «Que tú mucho sacar fotos pero luego no las vemos». Es cierto, pero no comprenden que ya no se trata de llevar un carrete a revelar: ahora tienes que SELECCIONAR, la palabra maldita de la fotografía actual. Que has sacado 1300 fotos en cuatro horas, que hay que descargar, borrar, seleccionar, guardar en un pincho y/o llevar/enviar a la tienda.

Seleccionar es un auténtico engorro y es culpa de la censura que ha venido de la mano de la fotografía digital. Según sacas la foto, la revisas para saber si hay que repetir. «¡Quietos! ¡Mejor saco otra!», pero ya no pueden estar quietos porque se han arremolinado a tu alrededor metiendo sus cabezas entre la tuya y la pantalla. «¡Ay no no, bórrala! ¡Bórrala!». Desesperante. Además, ya que están, pues miran el resto de las fotos «¿A dónde se le da para verlas? ¿Aquí?». Se gasta más batería en la revisión de las fotos tomadas que en la toma de las fotos.

La posibilidad de la toma infinita de fotografías ha permitido la variedad infinita en el contenido de las mismas, aunque la variedad queda eclipsada por la concentración temática —para su exhibición en las redes sociales— en los siguientes grupos: paisajes, plato de comida, cañas en terraza, gatos, jóvenes apretujados mirando de soslayo y selfies.

Estoy segura de que la selfie la inventó ese chaval al que le daban la cámara y le decían eso tan doloroso de «Toma, sácanos una foto» que evidenciaba que no les importaba que él no saliese. Un buen día se levantó, alzó el puño y dijo: «Yo voy a salir, sí o sí». Y aprovechando que tenía la mano en alto, se puso una cámara en ella y se sacó la primera selfie de la era actual.

Selfie viene a ser autofoto, pudiendo ser de uno mismo o de uno mismo con otros seres, pero NO es una foto que le haces a otra persona. Necesitaba aclarar este punto porque he escuchado más veces de las que puedo aguantar frases como «¿Queréis que os saque una selfie?» o «Le voy a sacar una selfie a los niños y te la mando».

También ha existido un período pre-sélfico que incluye dos grandes momentos: las fotos a los pies con inclusión de los propios y la foto, esto ya con la aparición del temporizador, en la que la cámara se deja en el suelo, los amigos forman un círculo, abrazados, miran hacia abajo y resulta una hermosa foto en la que las fosas nasales adquieren un gran protagonismo.

En cuanto a esa obsesión por mostrar al mundo lo que comes, al gato o tu caña-de-cerveza-en-una-terraza (o en el salón de tu casa), tengo que afirmar que es digna de estudio. ¿Por qué? ¿Por qué pretendemos compartir ese momento con los demás con la extraña intención de dar una especie de envidia cuando sabemos que si lo hacen los demás tú no la sientes porque tampoco es nada del otro mundo? ¿Por qué creemos que lo propio es especial? En algún momento de nuestra evolución nuestro gen narcisista cayó en una gran marmita llena de cámaras que nos ha permito alcanzar estos puntos de exhibicionismo a los que estamos llegando. Exhibición que persigue un reconocimiento y que se explica perfectamente con el concepto de gamificación aplicado a las redes sociales.

La propia composición de la foto también dista de las de antaño. Antes, formábamos un grupo con nuestros brazos caídos a lo largo del cuerpo (o ese mítico brazo doblado con manita colgante) y cara de papones. Ahora esas fotos de chicas que se juntan muchísimo, tanto que, cuando ves la foto, resulta cómico todo el espacio que sobra a su alrededor. Tan cómico como sus caras y cuerpos inclinados, los ojos mirando de lado y hacia arriba y labios de pato.

Las arrugas alrededor de los labios. Me preocupan. La juventud de hoy en día va a llegar a la treintena con unos surcos como si hubiesen estado fumando un cigarro 22 horas al día y las 2 restantes chupando un limón. A esos labios fruncidos como reprimiendo infinitamente el lanzamiento de un beso, se añade algún odioso gesto con las manos como marca personal y por influencia de algún ídolo ya sea cantante, surfista, futbolista o Esperanza Gracia.

Que los móviles tengan cámara también ha repercutido en que, a pesar de la evolución en la calidad de las fotos, la actual sea la época de las fotos más cutres de la Historia. Fotos nocturnas cuya nitidez está a la altura de la de sus ebrios protagonistas.

En la actualidad, si alguien te saca una foto corres el riesgo –en alto porcentaje- de que sea publicada, así que aprendamos trucos para salir lo mejor posible:

-Hacer Squinch, una propuesta del fotógrafo Peter Hurley. Consiste en dos pasos: uno, entrecerrar los ojos, bajando el párpado superior a la vez que subes el inferior (esto tiene su dificultad), y así dar sensación de seguridad. Es un gesto suave, si no se realiza adecuadamente parecerás un miope deslumbrado por el sol. Y dos, disimular la papada: para ello se estira el cuello inclinando la barbilla un poco hacia abajo.

-La sonrisa corporativa de Hollywood, descrita por Eva Hache en su artículo Sonreíd, sonreíd, malditos que transcribo literalmente: «Hay un truco conocido como sonrisa corporativa de Hollywood. Se apoyan suavemente los dientes superiores sobre el labio inferior. La lengua presiona el paladar. Sale la sonrisa sola. Sin morder con los dientes, ¡eh! Es un poco lo que sale cuando piensas: «¡Ay!, qué sopapo le daba»; y luego: «¡Ay!, que me ha visto». Con lo de la lengua, al principio se traga mucha saliva, hay riesgo de que se te haga la boca agua y te ahogues en tus propias babas, pero, una vez que se domina, se consigue eliminar totalmente la papada. Si la hubiera. Inténtalo, es cuestión de práctica. Una vez que has dejado de asfixiarte con tu propia glotis y se te quita la expresión conocida como «Tú estabas pastando el día que al pastor le dio por cortar el labio de arriba a las ovejas porque se aburría», lo has conseguido. Sonrisa sin esfuerzo. Y de las que no arrugan».

El selfie del mono más famoso de la red (http://noticias.lainformacion.com/mundo/el-selfie-del-mono-mas-famoso-de-la-red-no-tiene-derechos-de-autor_nZA0aqweWZeTuxoeTmNs14/)

El selfie del mono más famoso de la red (http://noticias.lainformacion.com/mundo/el-selfie-del-mono-mas-famoso-de-la-red-no-tiene-derechos-de-autor_nZA0aqweWZeTuxoeTmNs14/)

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