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Todos quieren a Jorge Meis: un vuelo por el Ferrol del cazador de cigüeñas

TEXTO: MARTA CORRAL / FOTOS: ALICIA SEOANE | Ferrol | Miércoles 30 diciembre 2020 | 3:00

Cuando todavía estudiaba Fotografía en la Escuela de Artes y Oficios de A Coruña, Jorge Meis fue a visitar al maestro Vari Caramés y este le regaló una caja de postales de la ciudad herculina que él mismo había hecho. El joven aprendiz de fotógrafo supo desde aquel momento que algún día él también firmaría las suyas, pero de su Ferrol: «Me flipó tanto que aun la tengo, siempre pensé que una visión personal de aquí también tenía que molar».

No se equivocó. Un millar de personas han visitado ya la exposición en la que nos deja revolotear sobre su vista más personal de la ciudad. Una inmensa caja de postales que esperan ser descubiertas hasta el 24 de enero, con entrada libre, en la sala de Proxectos del Torrente Ballester. Disparos a una atmósfera en blanco y negro con un horizonte inevitablemente salpicado por las grúas cigüeña. Nadie las ha cazado nunca como lo hace Meis (Ferrol, 1967).

«No soy un doctrinario del arte. Lo admito todo menos el gato por liebre». Nos recibe don Gonzalo con esa frase desde la primera pared, junto a una fotografía del Palacio Municipal visto a través de una copa de «tónica o de champán». Puede que otros veamos un gin-tonic y los más aburridos tan solo gotas de lluvia. «Me la sugirió Vari por ser más poética». El artista Eduardo Hermida es el comisario de la exposición, pero Caramés ha supervisado también todo el proceso, ofreciendo los consejos impagables de su talento y trayectoria.

No han sido los únicos que han aconsejado a Meis. Los fotoperiodistas de Ferrol conforman un oasis de camaradería en mitad de un desierto de competencia y aunque él firme para Diario de Ferrol, compañeros de otros medios como Kiko Delgado (Efe y El Correo Gallego), José Pardo, César Toimil y Ángel Manso (La Voz de Galicia), ejercen de apuntadores «para decirme cuál es más yo, asesorarme… Es algo que hacemos todos porque estamos tan saturados de nuestras propias fotos que necesitamos que alguien nos eche un cable sin que sean palmaditas en la espalda, siendo sinceros».

«Estos no son los likes de Instagram y de Facebook», sentencia Meis, señalando las fotografías enmarcadas en blanco, colgadas en las pareces de un gris naval que ya estaba ahí antes, como esperando por ellas. La música acompaña de fondo en una muestra que muchos le dicen que «desprende melancolía». Yo, que siempre defenderé que los grises entrañan la más maravillosa de las luces, discrepo. Y me dejo llevar por el cariño con el que el fotógrafo vuela conmigo por la sala abovedada: «Ya no estoy acostumbrado a verlas en papel», confiesa aquel que se dedicó a revelar las imágenes de otros hasta que se aferró a las suyas y emprendió el vuelo.

Él lo ha supervisado todo: desde la selección a la impresión, pasando por el montaje, que remató el mismo día de la inauguración por la mañana. «Una vez montada, en la soledad de la sala, me dije ‘hostia, ¿pero esto es mío?’ Lo veo tan de puta madre, como las exposiciones de PhotoESPAÑA, que todavía me parece imposible haberlo hecho yo. Es tal y como me había imaginado. La sala es preciosa, la mejor de Ferrol y quizás de Galicia», subraya, haciendo gala de su inmensa humildad.

Parece mentira que después de más de dos décadas de trabajo como fotógrafo de prensa, con sello propio, el ferrolano esté tan sorprendido con la inmejorable acogida y suela ir cada día para ejercer de Cicerone: «La verdad es que todos son felicitaciones, estoy flipando, me siento abrumado. Es un chute de amor propio». No obstante, incluso en mitad de este subidón de autoestima, Meis no se olvida de los amigos que llevaban años animándolo a dar el salto. El propio Hermida, pero también las periodistas Puri Ceballos y María Fernández, compañeras del periódico. El espaldarazo del Concello de Ferrol supuso el último empujón necesario.

La fotografía más antigua de la sala es de 1994 y la única exposición individual que Meis había hecho en Ferrol hasta la fecha había sido Retrospectiva 1987-1997 en el Carvalho Calero, hace 23 años. ¿Por qué ha tardado tanto en volver? «Siempre tuve la idea de hacerlo y de editar, de paso, un libro de Ferrol; pero no sabía muy bien por dónde empezar. Además, en 2002 colaboré con Vari en una exposición itinerante de la Obra Social Caixa Galicia, Imaxes Maiores, sobre gente mayor haciendo cosas dinámicas y divertidas, y me tocó hablar en la inauguración. Lo pasé fatal. Acabé diciendo lo típico que decimos los que no sabemos hablar en público: ‘las imágenes hablan por sí solas’. Una angustia, pánico escénico, miedo. En el fondo agradecí que la pandemia evitase el evento inaugural esta vez». Risas.

José Manuel Liñeira, monitor didáctico del Torrente, le echó una mano en la distribución. Porque no se piensen que esto va de fotografías colgadas al azar. «El montaje es casi tan importante como las obras en sí mismas. La primera impresión es estética, después debe haber armonía. Es importante que haya también coherencia, que una fotografía te lleve a la otra. El conjunto tiene que tener un sentido narrativo, contar una historia». Líneas rectas, simetrías, yo percibo en el primer vistazo lejano, miope, una cuadrícula que evoca A Magdalena.

En vuelo rasante una ya distingue las piezas condenadas a encajar en esta ciudad: el naval, la Armada, la arquitectura, las tradiciones, la modernidad. Una mezcla perfecta entre «lo antiguo y lo actual», las dos caras de una misma moneda. Basta un aleteo para entrar por As Pías, recrearse en los barrios y enfilar la boca de la ría. Entremedias divisamos la iconografía propia que Meis se ha labrado en años de oficio: sus oportunos reflejos, las nubes, los charcos, el ayuntamiento, los pies, la gente sacando fotos con sus móviles, las grúas.

«No recuerdo la primera vez que fotografié una. No es que me pase nada con ellas, pero ¿Ferrol son grúas, no? No me imagino bajar por la calle Coruña y no ver una, imponente, al fondo. Abro la ventana de mi habitación y veo la cúpula del concello y las grúas moviéndose. A veces se posa una gaviota y ya tengo que ir a por la cámara. Vari me decía que había muchas fotos de grúas, que era un poco cansino. Le dije que quería que ese punto obsesivo que tiene la ciudad con sus grúas se reflejase en la exposición y acabó diciéndome: ‘Qué cabrón, me convenciste’».

Meis explica que las suyas son «fotos muy sencillas, en las que elimino todo lo que distrae». Las desnuda, las despoja de todas «las cosas que molestan» para que sea el concepto lo que permanezca. Casi todas, confiesa, las ha hecho trabajando; pero «una cosa son las imágenes informativas y otra las que hago para mí, que no tienen nada que ver con la prensa». Asegura que no las planea, que «son fortuitas, me las encuentro». De hecho, cuando quiere repetirlas no le salen, pero eso lo contaremos más adelante.

Con la envidiable capacidad del que narra las historias en prosa poética, Meis no tiene miedo a disparar a todos los Ferroles. Al de la Semana Santa y al de las Meninas. Al del obrero y al del militar. Sigue buscando el ángulo perfecto, la luz incidiendo en ese instante que encuadra un año más, en el mismo evento. Combate la desidia y captura lo que pocos son capaces de ver: «Tienes que motivarte para salir al campo a jugar», dice irónico. Tampoco teme documentar la niebla para lograr que la plaza de España parezca el París de Brassäi. Aplauso.

A Meis le siguió gustando la fotografía aunque su primera cámara, regalada por su padre, fuese «una pocket de esas de 110 mm que hacía unas fotos malísimas», y eligió aprender el oficio después de ver en Interviu un reportaje del genocidio de Ruanda: «A un prisionero le habían cortado la cabeza y estaban jugando a fútbol con ella», recuerda. «’Hostia’, me dije, ‘yo quiero ser fotógrafo para cambiar el mundo‘. Luego te das cuenta de que esto no lo cambia ni el Papa. Una mierda, vamos».

Cogemos impulso para seguir aleteando hacia el pasado, a aquel premio con el que se hizo en Padrón, en 1992, la primera vez que ganó dinero con sus fotos. Después, en cuarto de fotografía, empezó a trabajar en El Ideal Gallego en A Coruña durante el verano. Con su título bajo en brazo volvió a Ferrol y trabajó en tiendas de fotografía. Fue la productora Chelo Loureiro la que le habló, en 1998, de que iban a abrir un nuevo periódico: «Le revelaba sus carretes en blanco y negro en mi casa. Un día me preguntó qué tal y yo le dije que hasta el culo», ríe. Con su talento por delante, bastó con ir a hablar con Man Castro y ser de Cobas.

Descendíamos ya, después de una hora de charla, cuando me di cuenta de que Meis había poblado nuestra conversación de otros nombres. Sin querer dejarse en el tintero a tal o a cual persona que se cruzó en su camino para que acabase aquí, siendo él. Quizás por eso también le ha costado mucho desprenderse de las fotografías que no cabían. Quedarse solo con ese puñado que nos hablan desde las paredes gris fragata. De hecho, le ha costado tanto que no lo ha hecho, que se ha sacado de la chistera una mesa de descartes con algunas de las que no pudieron crecer y desplegar sus alas.

«De la idea inicial a esta he discriminado muchas. Ha sido muy difícil». Localizo un tatuaje que se me hace familiar. Y él me señala una foto analógica de la que no conserva el negativo. Una imagen destinada a no poder crecer, a que el tiempo pase y la impregne de amarillo. Emulaba una firmada por Caramés, la de un 600 que devolvía el reflejo las galerías de La Marina coruñesa: «Era un Volkswagen Polo negro, el coche recién lavado y aparcado en la calle de la Iglesia. San Julián se reflejaba perfectamente en él. Clic. No salgo a buscar fotos, pero esta es la única que he vuelto muchísimas veces a buscarla y nunca la he encontrado. No lo he conseguido».

Lo que sí ha conseguido aquel joven aprendiz de fotógrafo es tener su exposición, su libro —bueno, más bien sus dos libros si no nos olvidamos de Sal en la memoria—, y también su cajita de postales. Diez pedazos de su Ferrol que, en colaboración con Pingota Comunicación, han visto la luz y se pueden comprar en A Vella Fábrica de Lapis (calle Lugo), Central Librera (calle Real) y también online en este enlace a través de Correos Market. Mirándolo bien, quizás Jorge Meis sea la única persona del planeta que haya tenido un gran año este 2020. Se lo merece.

«Que qué ha cambiado de aquel chaval que ganó el concurso en Padrón? Que soy más viejo [Risas]. Y que cada vez necesito equipo menos pesado», confiesa. Ahora, quizás sean otros los que vengan a Ferrol y ojeen su libro, los que se dejen llevar por su visión personal, por esa carta de amor a la ciudad gris que se le queda a una revoloteando dentro: «Esto es mi Ferrol. No es el Ferrol pastelero y bonito. No quiero decir que las fotos sean feas; pero tú me entiendes lo que quiero decir, ¿no?». Imposible que haya alguien que no quiera a Jorge Meis.

El Torrente Ballester cierra los lunes y también permanecerá cerrado el 31 de diciembre y el 1 de enero. De martes a sábado abre de 11:00 a 14:00 y de 17:00 a 21:00 horas. Los domingos lo hace de 11:00 a 14:00 horas.

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