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Un bálsamo para el alma llamado ‘Fóra do mapa’

Uno de los momentos de la ruta teatralizada del domingo por la mañana por A Magdalena (foto: Juanpa Ameneiros para 'Fóra do Mapa')
Uno de los momentos de la ruta teatralizada del domingo por la mañana por A Magdalena (foto: Juanpa Ameneiros para 'Fóra do Mapa')

MARTA CORRAL | O falar non ten cancelas | Miércoles 3 octubre 2018 | 13:43

El domingo pasado se cerraba el telón de la tercera edición del Festival de Artes Escénicas de Ferrol Fóra do mapa después de una intensa semana. La cita ha sido una auténtica montaña rusa emocional que nos ha hecho llorar, reír a carcajadas, tensionarnos, ponernos nostálgicas y, sobre todo, sentirnos privilegiadas por haber asistido a algo así sin salir de nuestra aldea con teléfono.

Me atrevo a decir, sin miedo a equivocarme, que el festival es una de las mejores cosas que le ha pasado a Ferrol en los últimos años. Recuerdo que en abril de 2014 entrevistaba a Cristina Moreira, artífice de Fóra do mapa y, por qué no decirlo, amiga, con la excusa de un ciclo de microteatro que programaba en Espacio Vivo.

Hablaba entonces de una compañía que había estado en Ferrol hacía algunos años usando como escenario la Casa Romero. «Me gustaría mucho organizar algo así aquí. Ahora conseguí Espacio Vivo; pero me gustaría llevarlo a algún edificio antiguo de Ferrol, para que la gente empiece a apreciar las obras de arte que tenemos, que hay que mirar hacia arriba. La gente no mira nuestros edificios y es una pena», sostenía Moreira.

Solo dos años después, sus palabras se materializaban y Fóra do mapa era una realidad que llegaba para hacernos atravesar las puertas de espacios desconocidos, nos descubrió el talento de actrices y actores de la comarca, pero también nos abrió una ventana al mejor teatro que se hace en Galicia y el resto de España.

Ya solamente entrar con 20 años más en Loti, en las Galerías Ferrol o en el antiguo restaurante chino de la calle Dolores merece la pena; pero dejarse llevar por la provocación de las distancias cortas, de la expresión en el más amplio sentido de la palabra, de la caída inevitable de la cuarta pared, es impagable. Que una actriz o un actor te mire a los ojos hace que se te instale un punto de incertidumbre en la boca del estómago.

«Amiga, amigo, que no controlas tú lo que va a pasar, que estás en la cuerda floja y yo te puedo empujar cuando quiera».

A Moreira se le unió la también actriz Cristina Mariño en la segunda edición -Mariño había sido una excepcional nenatoura en mitad de la mueblería Acevedo de la calle Magdalena en 2016-, y el tándem no ha podido funcionar mejor. Este año ha sido el de la consolidación, el de llenar los espectáculos a una semana de empezar, el de cuidar todos los detalles al máximo.

Ferrol tenía hambre de Teatro y nos han hecho amarlo de nuevo. Consiguieron que olvidásemos todos esos años en los que nuestro teatro se caía a pedazos y sus puertas estaban cerradas. Nos han ofrecido un abanico inmenso de propuestas para que sepamos lo que nos gusta más y lo que nos gusta menos. Y esto hay que agradecerlo mucho.

Porque nada como la escena para enfrentarnos a aquello que habíamos insistido en esquivar. Puede ser una frase, un gesto o un salto. De repente llega la bofetada, el ¡espabila!, y el corazón literalmente se da la vuelta.

No me gustaría ponerle el punto final a esto sin recordar algo infinitamente más banal (o no), si me lo permiten. El domingo por la mañana, dentro de la programación del festival, hubo dos pases de la ruta teatralizada que en esta ocasión se celebró en A Magdalena con forma de musical. El estribillo, que acabamos cantando todos mientras recorríamos las calles de un punto a otro, decía así:

«Ferrol é un lugar misterioso, pasan cousas sen explicación. Cando chove e tamén quenta o sol, anda o demo por Ferrol».

Las caras de los transeúntes con los que nos cruzábamos eran un poema y yo solo podía pensar en Matrix. En que nosotros, los que estábamos con la sonrisa en la cara dejándonos llevar, éramos los conocedores de la Verdad y, el resto, seguirían instalados en el gris de la plaza de Armas, la peatonalización y las polémicas vacuas de Ferror. Y, oye, una vez más me gustó haber elegido la píldora roja.

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