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Un sistema sin futuro

RAFAEL SAURA | Non serviam | Jueves 23 enero 2014 | 11:05

La izquierda europea, a pesar de todo lo que está cayendo, sigue aún aturdida por el fracaso del socialismo real que se llevó a la práctica en la antigua Unión Soviética y sus países satélites. Desde entonces, el sistema democrático capitalista es percibido por gran parte de esa izquierda como el único de los posibles y, en consecuencia, apenas resulta cuestionado salvo en lo accesorio. La realidad -lo estamos viendo ahora mejor que nunca- es que también la democracia capitalista, en la forma que la conocemos, ha fracasado, en la práctica, en nuestro continente.

El actual sistema, por su propia naturaleza basada en la producción, el consumo y el darwinismo económico -«si no puedes competir con éxito, debes extinguirte»-, carece de mecanismos para poner remedio al principal problema que nos aqueja: el desempleo.

Muchos de nosotros nos hemos dado cuenta ya que, de no operarse cambios radicales en la política nacional y europea, la tasa -superior al 26 %- de paro que aqueja a nuestro país no va a reducirse sustancialmente en el futuro. La construcción, que fue el motor del empleo durante los años de la irresponsabilidad, el endeudamiento, el faraonismo, la corrupción y el derroche, no va a recuperar fuelle en muchísimos años, y seguramente no lo haga nunca a los niveles que hemos conocido. A causa de la deslocalización globalizada y sin controles, la mayoría de los bienes industriales que el mundo occidental utiliza seguirán produciéndose en Asia y el tercer mundo, y los avances tecnológicos de todo tipo continuarán haciendo cada vez más prescindible al ser humano en los procesos industriales, e incluso en los servicios, también en nuestro propio continente.

Éste es el verdadero panorama que podemos esperar si no se emprenden cambios radicales, al menos en la política española y europea. Una cuarta parte de los ciudadanos de nuestro país le sobran, y le seguirán sobrando en el futuro, al inhumano sistema en que estamos instalados.

Un día tras otro oímos decir que la población de Europa disminuye, que la de España envejece, que Galicia se muere por falta de nuevos nacimientos. ¿Puede haber mayor demostración de que una sociedad ha fracasado cuando sus parejas jóvenes dejan de reproducirse? La práctica extinción de los europeos en el transcurso de muy pocas generaciones simboliza, como ninguna otra señal, la perversión del absurdo sistema socioeconómico en que estamos inmersos.

Y es que nuestras jóvenes mujeres y sus parejas, aún en el caso de disponer de un empleo, carecen de la más mínima garantía de poder conservarlo. Una tasa de desocupación como la que padecemos impide que puedan hacer planes de futuro y, en consecuencia, desaconseja traer al mundo a unos hijos que tal vez no puedan ser alimentados, cuidados y educados como corresponde, debido a la falta de seguridad económica.

Vivimos en una sociedad enferma y sin futuro y, pese a nuestros deslumbrantes avances tecnológicos, atravesamos un período verdaderamente oscuro de la Historia.

Resulta difícil encontrar, en el pasado, alguna sociedad en la que un número tan importante de personas fuese considerado sobrante, prescindible e incluso un estorbo o una carga para la economía. Incluso en esas tribus, calificadas por algunos irreflexivos etnocentristas como primitivas o ¿salvajes?, todos y cada uno de los individuos que las componen se consideran útiles y necesarios; todos tienen un papel contributivo a la riqueza y el bienestar común, prácticamente desde que nacen, hasta que enferman de gravedad o fallecen. Nadie es ni ha sido nunca prescindible, excedente o sobrante en ninguna civilización salvo en la nuestra. ¡Y nos creemos en la cima de los tiempos!

Lamentablemente, hoy por hoy no disponemos de políticos capaces de liderar el imprescindible cambio hacia una sociedad libre de esta locura. Casi nadie en nuestro país se ha atrevido aún a decir en público que las jornadas laborales deben reducirse proporcionalmente a la tasa de desempleo y que las horas extraordinarias deben prohibirse por ley, salvo justificadísimas y coyunturales excepciones. Ningún sindicalista parece haber caído aún en la cuenta de que si saturamos el mercado laboral, haciendo que todos trabajemos, los empresarios tendrán que hacer atractivas sus ofertas de empleo si aspiran a contratar a alguien; eso supondría que sólo quien pagase mejor podría contar con aspirantes al trabajo que ofrece, rompiendo la perversa dinámica en la que estamos metidos, donde ya no es raro encontrarse con personas altamente cualificadas dispuestas a aceptar cualquier empleo aunque éste sea a cambio de un salario que apenas alcance para la subsistencia.

Nadie, por el momento, parece darse cuenta de que ninguna familia, con personas en edad de trabajar, pasaría apuros si toda la población activa tuviese, de esa forma, un acceso garantizado al empleo. Todos, y no sólo unos pocos, contribuiríamos a pagar los impuestos necesarios para sostener la sanidad, la educación, la vejez o las pensiones por minusvalía si contásemos con un empleo que nos proporcionara unos ingresos dignos. Esto supondría, además, una mejor cobertura social con una carga impositiva bastante más liviana por persona.

¿Utópico? Tal vez tan utópico como lo fue, en su momento, la implantación de la jornada de 8 horas, la libranza de los sábados o el disfrute de un mes de vacaciones anuales. ¿Económicamente inviable? No, si tenemos en cuenta el espectacular aumento del número de ricos en Europa y en España durante la crisis y la riqueza de escándalo que, especialmente desde entonces, han venido acumulando.

Lo que resulta claramente insostenible es seguir, por más tiempo, como estamos. La explosión social, que bien puede llevarnos al completo desastre, está esperando a la vuelta de la esquina; y mientras, los políticos de ambos signos, que padecemos, siguen entretenidos en sus mediocres rencillas sin proponer ningún tipo de soluciones para los gravísimos problemas que más acuciantemente nos afectan.

*Rafael Saura es escritor. Puedes leer aquí la entrevista que Ferrol360 le hizo el pasado diciembre; aquí, su web personal.

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