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Una noche en la cara B del Mundo Celta

Al llegar a Morouzos, lo primero es buscar un sitio donde asentar el campamento. Según los veteranos, este año había escasez de tiendas (foto: J. M. A.)

Al llegar a Morouzos, lo primero es buscar un sitio donde asentar el campamento. Según los veteranos, este año había escasez de tiendas (foto: J. M. A.)

JOSÉ MARÍN AMENEIROS | Ortigueira | Domingo 14 julio 2013 | 21:08

La cara A del casete celta suena afinada, armoniosa, formal, allá arriba en la alameda del puerto, girando en la pletina del centro de Ortigueira. Pero la esencia del festival emerge cuando a esa cinta se le da la vuelta y comienza a sonar la turbia y a la vez mágica sinfonía de la playa de Morouzos. El piñeiral acuna cientos de tiendas y miles de historias, las cuales, en la mayoría de los casos, son las que atraen año tras año a la marea de visitantes que abarrota Ortigueira en estas fechas. Morouzos es el Mundo Celta.

Dicen los que saben que la playa ya no es lo mismo. “Joder, qué pocas tiendas, esto es lo que otros años había a comienzo de semana”, dice un chaval desde el suelo adoquinado donde acaba la carretera y comienza el piñeiral, el viernes por la tarde, oteando la zona hasta donde la vista alcanza. Para alguien que nunca ha contemplado ese escenario, es difícil imaginar que otros años Decathlon hiciera más negocio si cabe: hay muchas carpas. Empieza el descenso hacia la arena, entre pinos y toldos de todos los colores, ambos repartidos al azar y buscando cobijo mutuo. Hora de plantar el campamento.

Las duchas contiguas al campo de fútbol emanan agua constantemente, lavando el polvo y la resaca de jóvenes y no tan jóvenes, donde la ausencia de pudor y ropa suelen ir de la mano. El sol vespertino se cuela entre los árboles, alumbrando las zonas a evitar si se quiere disfrutar de un plácido y fresco despertar en la tienda. Suenan guitarras, bullicio de fondo, la cantina próxima a la playa sirve sin parar, pocos hay paseando sin una cerveza en la mano. Huele a pinos y a playa, y a otro tipo de planta cuyo aroma llega en oleadas repentinas y densas. “Ese es buen sitio, pon ahí la tienda”.

El bus que sube de Morouzos al pueblo, si uno cierra los ojos, parece un coche de línea más. Buen ambiente, pero nada fuera de lo normal. De lo considerado normal en el Mundo Celta. Por el momento. Este año, aunque cueste un euro, el transporte ha sido usado y agradecido por infinitos campistas. La carretera la recorren en constante goteo mochilas, botellas de alcohol y tiendas de campaña en dirección al piñeiral. Arriba, en Ortigueira, es hora de cenar, con las terrazas llenas y el escenario de la alameda aguardando las actuaciones de por la noche.

Mientras, en Morouzos, el sol no es el único que se pone. Y de vuelta allí es imposible no cruzarse con alguien conocido en la bajada al campamento, se venga de donde se venga. Y recibir el saludo festivo de cualquiera. Desde arriba, desde los adoquines, se percibe una calma mágica. Solo la luz de las hogueras y las lámparas que bordean las pasarelas de madera iluminan tenuemente el misterioso ambiente del piñeiral.

Pero, una vez se cruza la frontera de la pasarela, Morouzos atrapa por completo. A pesar de la noche cerrada, el cielo luce, cetrino, y aporta un toque peculiar a la estampa. Esta es cuanto menos cautivadora. Los chiringuitos de comida expenden trozos de pizza y bocadillos sin parar. En los múltiples puestos de artesanía se ofrecen las cosas más diversas y normales. De lo considerado normal en el Mundo Celta. Pulseras de cuero, colgantes, hielos para la bebida, pastelitos hechos con sustancias de dudosa procedencia y legalidad.

Ya hay gente arrodillada, que no acodada, en la cantina. “Has perdido”, le dice una chavala a su compañero mientras trata de levantarle del suelo, como si de un videojuego se tratase. Gente de lo más variopinta pasea por el piñeiral, todos en perfecta comunión, guitarras por aquí, canciones por allá, trucos de magia de ilusionistas callejeros que alucinan, aún más, a la concurrencia. Ropas coloridas, ropajes hippies. Y perros, muchos perros. Por todas partes. Sigue, intercalado en la atmósfera, el aroma a planta entre caladas.

De madrugada la gente toma el autobús para ir a Ortigueira. Y lo normal se esfuma en lo que dura un trago de cerveza. La gente canta, aporrea los cristales, salta, baila, la lía de cualquier manera. El conductor ni se inmuta. Los Kilomberos van a atronar las calles orteganas con su percusión, y nadie quiere ni por asomo perderse eso. La tamborrada satura la plaza de Isabel II y todas las calles adyacentes. Nadie mira a nadie, da igual el tipo de baile o la cara de colocón que porte la concurrencia. O caso é pasalo ben, y allí solo importa la fiesta, el fiestón que arman los Kilomberos. El cielo brilla más que nunca, quizá por el reflejo de los ojos de muchos. La noche es joven.

Y la mañana también. Raíces de algunos pinos ejercen de almohada imprevista para que algunos duerman la mona, sin que nadie se inmute por su presencia más que algún gracioso para hacerse fotos. La cola de los servicios es muy larga, quizá porque la gente quisiera purgar dentro sus pecados. Gafas de colores, compradas la noche anterior a un vendedor ambulante en un momento culmen, protegen a gente del sol de mediodía. Ya hay quien está desayunando cerveza, y es que aún es sábado. Una carpa de Asfedro, centro ferrolano de ayuda a drogodependientes, avisa con un enorme rótulo de los peligros de las sustancias alucinógenas. “Sabes o que te metes?”, reza. El cartel podría ser modificado ligeramente y, a modo de pancarta, colgarlo en la entrada de la playa de Morouzos como aviso a navegantes en cada edición del Festival de Ortigueira: “¿Sabes dónde te metes?”.

El amanecer en el piñeiral no siempre es fácil, y más con el sol apuntando directamente a las cabezas. (Foto: J. M. A.)

El amanecer en el piñeiral no siempre es fácil, y más con el sol apuntando directamente a las cabezas. (Foto: J. M. A.)

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