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Una segunda oportunidad para la democracia

RAFAEL SAURA | Non serviam | Viernes 10 enero 2014 | 10:47

Si algo positivo puede llegar a obtenerse de esta terrible crisis en la que estamos sumidos desde hace ya más de cinco años, es la democratización profunda de nuestro país; algo de lo que, en realidad, nunca hemos disfrutado antes; y cuando digo nunca, incluyo también al breve y excesivamente mitificado período histórico que constituyó la Segunda República.

Entre las muchas novedades que estamos observando ya en este momento, se encuentra el resurgir del interés colectivo por los asuntos públicos. Algunos de quienes recordamos un parecido estado de inquietud política popular en los últimos años del franquismo y en los primeros de nuestra -hoy secuestrada, aunque en su momento, ilusionante- democracia, vemos en ello una esperanza de futuro.

Una contundente dosis de cruda realidad, después de décadas de sueño inducido por el narcótico del dinero fácil, está haciendo que tomemos conciencia de que no podemos seguir inhibiéndonos de la participación política activa, delegando la diaria defensa de nuestros derechos e intereses, exclusivamente en los partidos políticos cuyos cargos públicos son renovados cada cuatro años.

Si bien en su día supuso un avance espectacular la sustitución de la cámara legislativa dictatorial franquista por la que, desde entonces, elegimos por sufragio, ahora somos conscientes de que no podemos seguir dando cheques en blanco, con esa vigencia de cuatro años, a unas instituciones oficialmente representativas de los ciudadanos que les han votado, como son los partidos, que nada más obtener mayoría en las urnas, suelen olvidar los programas con los que se han presentado a las elecciones y gobiernan completamente de espaldas a los derechos e intereses del pueblo al que formalmente representan.

Ahora también sabemos de su incapacidad, de su dejadez y, muchas veces, de su corrupción y su servicio a intereses espurios en el manejo del poder y del dinero público. Ya a nadie se le escapa que, en su ineptitud, está la causa de esta ruina que padecemos. Son ellos, con su culpable irresponsabilidad, quienes nos han entregado a los mercados -léase, a la gran banca internacional-, y nosotros quienes debemos pagar, con sus correspondientes intereses, en forma de recortes sociales de todo tipo, y de un galopante desempleo, la inasumible factura de todo ese desgobierno.

Esta crisis nos ha recordado, entre otras cosas, lo que algunos conocíamos desde hace mucho: que no existe verdadera democracia sin la participación diaria y activa de los ciudadanos en el control, la vigilancia y la exigencia del cumplimiento de sus obligaciones a quienes ostentan el poder.

Los tres poderes sobre los que descansa el estado democrático: el ejecutivo, el legislativo y el judicial, si bien son imprescindibles, jamás deberían confundirse entre sí ni situarse por encima del interés general de los ciudadanos; pero cada día que pasa crece la convicción, entre muchos de nosotros, de que esto es necesario recordárselo continuamente a quienes los ostentan.

Dicho de otro modo: que debemos actuar como ciudadanos críticos y vigilantes, y no como simples súbditos manipulables y pasivos; que en una verdadera democracia hemos de comportarnos como mayores de edad y no como menores tutelados; que la política es un asunto de todos y no sólo de los partidos; que debemos exigir que se nos diga la verdad y se nos expliquen las consecuencias de cuanto se decide en Santiago, en Madrid o en Bruselas, y no que se nos exponga sólo aquello que alguien ha resuelto que, por gustarnos más, es lo que conviene que escuchemos. O sea, que debemos convencernos de que nunca tendremos un futuro digno si no asumimos que todos somos responsables, por acción u omisión, de cuanto colectivamente nos ocurra.

Por poner solamente un par de ejemplos: A nadie se le escapa, a estas alturas, que la dación en pago de la vivienda en ciertos supuestos de desahucio o la anulación de la abusiva cláusula suelo en los préstamos hipotecarios, han sido logros exclusivos del movimiento ciudadano que, en este caso, abanderaron Stop Desahucios y la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Ninguno de los partidos políticos que conocemos tomó con anterioridad esa iniciativa.

La participación directa de los ciudadanos a través del asociacionismo es, de hecho, el pilar sobre el que deberíamos construir la democracia que necesitamos. Ante un abuso específico, debemos servirnos de una asociación, creada o no de forma específica, que defienda nuestros derechos, independientemente de la ideología concreta de los ciudadanos individuales que la integren.

Sólo a través de la presión y del decidido apoyo popular a determinadas iniciativas, a las que asistan la ética y la justicia, podremos lograr que los políticos profesionales nos respeten y realicen, como corresponde, el trabajo para el que tan generosamente les pagamos. Sólo a través de esa presión, ejercida día a día por los ciudadanos, apoyando, sin sectarismos, a los jueces honestos y a las causas justas abanderadas por un colectivo u otro, conseguiremos erradicar los vicios que arrastramos del pasado y promover los cambios legislativos que tan urgentemente necesitamos. Sólo a través de esa presión y vigilancia constantes recuperaremos -si es que la tuvimos algún día- la sensación colectiva de que la soberanía reside en el pueblo, tal como reza el artículo primero de la actual constitución española. Sólo así podremos aprovechar esta segunda oportunidad que la crisis nos está brindando para construir, de una vez por todas en nuestro país, una verdadera democracia.

*Rafael Saura es escritor. Puedes leer aquí la entrevista que Ferrol360 le hizo el pasado diciembre; aquí, su web personal.
Saura dedicando su novela a Ferrol360 (foto: Marta Corral)

Saura dedicando su novela a Ferrol360 (foto: Marta Corral)

2 comentarios

  1. Señor Saura, participa usted en las movilizaciones de los trabajadores de Navantia?

  2. Hola Susana.
    Aunque no estoy seguro de comprender bien la relación que guarda tu escueta pregunta con mi artículo, supongo que lo que tratas es de conocer mi grado de coherencia personal con lo que expongo.
    Si bien -como le ocurre a cualquier otro ser humano- tengo mis contradicciones, te comento, al respecto de lo que me preguntas, que soy trabajador de Navantia y que, por supuesto, participo en las movilizaciones, y no sólo en las exclusivas de mi empresa. Esto no es ningún secreto para quienes me conocen.

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