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Una vida de película

COSAS DE NOELIA | Martes 24 noviembre 2015 | 22:49

Cada mañana la primera luz del día me envuelve e ilumina mi coqueta habitación. Me dejo proteger unos instantes por las suaves sábanas hasta desperezarme con la sonrisa que la ilusión por la vida me dibuja en la cara. Bajo las escaleras llevada en volandas por el olor a café recién hecho. Y ahí está él, sentado a la mesa de nuestra impecable cocina, leyendo el periódico que sostiene con una mano mientras con la otra se lleva la taza a los labios tras alisar su corbata. Recuerdo el preciso instante en que lo conocí: la bolsa marrón sin asas donde llevaba la compra se rompió por su base y tres naranjas rodaron por el pavimento hasta su pie. Levanta la mirada y me ve, contemplándole.

-¡Buenos días! ¿Has dormido bien?
-Muy bien. ¿Y tú? -le respondo mientras me sirvo el café que tomo de pie, apoyada junto al fregadero-. ¿Has arreglado el triturador? -le pregunto inclinando la cabeza en dirección a este-.
-Lo arreglaré esta misma noche. Justo antes de ir a cenar. He reservado en ese restaurante que tanto te gusta.
-Jajaja. ¿Qué celebramos?
-Pues… -se acerca con la obvia intención de besarme-, tienes ante ti al nuevo socio de la firma.

Separo bruscamente la taza al casi atragantarme con la noticia y de un salto rodeo su cuerpo con mis brazos y piernas. Él ríe y me sienta en la encimera. Miro de reojo el reloj de la pared y me doy cuenta de lo tarde que es.

-¡Tengo que irme! Le beso y poniéndome los zapatos al tiempo que intento alcanzar la puerta lo más rápidamente posible salgo de casa, saludo con la mano al vecino que está recortando su seto y me meto en el coche que tengo delante de la puerta blanca de nuestro garaje. Suena una divertida música acorde a mis movimientos. Doy marcha atrás a toda velocidad, derrapando. Casi atropello a la hija del vecino que estaba recortando su seto. Qué guapa se ha puesto esa chica desde que le quitaron el corrector y las gafas. Hasta los granos le han desaparecido. Que ahora se lave el pelo también es un punto a su favor.

Casi llegando a la ciudad, recibo una llamada: ha aparecido un cadáver en el parque de la calle 10, me esperan allí. Tres minutos después, llego a la escena del crimen, con mi café para llevar en la mano y el coche perfectamente aparcado. Doy un sorbo mientras camino y no derramo ni una sola gota. Como en cada ocasión, y por muy pronto que yo llegue, allí están todos ya y conociendo casi todo lo sucedido, pero yo sé lo que tengo que decir:

¿Qué tenemos aquí?
-Buenos días, jefa. Varón, 45 años, laceraciones por todo el cuerpo y hundimiento del occipital por objeto romo, trabaja en una empresa de software tecnológico y nanorrobótica que está en esta misma manzana, lleva un maletín con documentación sobre implementación de desarrollo de isótopos en la industria farmacéutica y un pendrive que ya se han llevado al laboratorio para intentar desencriptarlo. No está casado, no tiene parientes en la ciudad y las últimas llamadas que tiene registradas en su móvil corresponden a una pizzería que cerró hace cuatro días.

¿45? No aparentaba más de 38. Del resto no me he enterado. Mi compañero habla demasiado deprisa. Pero yo sé lo que tengo que decir:

Encontrad toda la información que exista sobre él y haced una lista de todo aquel que tuviese motivos para quererlo muerto. Yo iré a la empresa a hacer unas preguntas. Tú, ven conmigo.

Conduzco hasta el parking del centro de software tecnológico y nanorrobótica. Bajo de mi coche y observo el amplio y gris espacio. La sensación de peligro e inminente tiroteo recorre mi espalda. El sonido de un coche que se abre a distancia irrumpe en el silencio. Llevo la mano a mi costado instintivamente, palpando mi arma reglamentaria. Veo a una mujer con gabardina caminando decidida. En su mano izquierda lleva unos hilos que sujetan cinco globos de helio. «¡Eh!», le grito y con el susto suelta los globos que son atrapados por el techo del parking. Qué lástima… Si le hubiese dicho «¡Eh!» en el exterior, los globos volarían libres en una imagen preciosa.

Le pregunto si conoce a la víctima. Me responde que sí. Percibo un brillo en sus ojos. Le informo que hemos encontrado su cadáver esa misma mañana. Con voz temblorosa quiere saber cómo lo han matado. La descarto como sospechosa: si pregunta cómo ha muerto alguien, esa persona nunca es la asesina.

En las oficinas de la empresa poco averiguamos. Es lo normal en los primeros minutos. Después de ganar la batalla dialéctica con los del FBI que venían a apropiarse de nuestro caso, me voy con mi compañero a tomar algo a un bar cercano de grandes cristaleras en el que la camarera nos ofrece café de la jarra que porta mientras esperamos a que nos traigan las tortitas, los gofres y las patatas fritas.

Un hombre sentado en la barra nos mira disimuladamente, paga su consumición y abandona el local tropezando con la camarera, un niño gordo que come un helado y un repartidor de FedEx. ¿Qué hace el niño ahí? ¿No tiene colegio?

Dejamos unos billetes encima de la mesa y, sin empezar nuestro almuerzo, vamos detrás de él. Oigo una voz que me dice: «¡El bolso, que te lo dejas!». «¡No, señora, lo llevo conmigo, pero desde su perspectiva no lo ve!» Mi compañero persigue al sospechoso mientras este choca con los peatones, siete puestos de flores, tres de frutas, un chaval que vende periódicos y un hombre anuncio, y justo cuando el individuo iba a escaparse subiendo por la verja del final del callejón, lo intercepto con mi vehículo, que con pericia he conseguido hacer llegar hasta allí sin que yo misma sepa cómo.

Tras interrogarlo en la central y de conocer el resultado de las investigaciones de mis compañeros, me siento en mi mesa y lanzo bolitas a la papelera. Es mi manera de concentrarme. Uno de mis compañeros veteranos trae una caja de donuts para celebrar su inminente jubilación. Otra busca datos tecleando fuertemente sin parar y sin usar el ratón. Tenemos varias pistas fiables, cinco posibles sospechosos, pero el puzle sigue sin resolverse. Toca esperar a que las piezas vayan encajando… ¡Un momento! Abro los ojos y me levanto bruscamente. Mi compañero me sigue porque sabe que tengo la resolución del caso, pero no me pregunta, conocedor de lo mucho que me gusta reunirlos a todos y explicarles cómo he llegado a la conclusión.

Celebramos el éxito en el pub, todos juntos, menos los que se quedan en la central. Supongo. Supongo que alguien quedará allí. Digo yo. Nunca he sabido si hay alguien dentro cuando estamos todos fuera. Se oye un crujido de madera. Ya está el que rompe los tacos del billar en el local. Qué tipo más cansino. Y siempre con su camisa de cuadros. Interrumpe mi pensamiento el sonido de llamada de mi móvil, un móvil de batería inagotable, como mi perspicacia. ¡Es él! Maldita sea. Demonios. ¡Me había olvidado de la cita! Me dice que no me preocupe, que ha pedido que le pongan la cena para llevar y que me espera en casa. Le quiero. Le quiero con toda el alma. Le querré siempre, como le prometí en nuestra maravillosa boda repleta de divertidas incidencias y simpáticos malos entendidos.

Llego a casa. Ahí está él. En el sofá. Golpea el sofá suavemente invitándome a sentarme a su lado. Me siento y él agarra mis pies obligándome a recostarme, me quita los zapatos y comienza a darme un masaje en mis cansados pies. Y, de nuevo, la música perfecta.

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