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Y volví al Dover

El Dover, en la mañana de este miércoles (foto: Raúl Salgado)

RAÚL SALGADO | Ferrol | Miércoles 13 mayo 2020 | 22:10

«Me echaste de menos». Claro, respondí. El lunes no había pasado por la calle Dolores, era el inicio de la fase 1 y bajé al trabajo por la calle Real para ver el ambiente en las tiendas que podrían reabrir. Los días anteriores, quizás esperando un cartel avisando de cualquier cosa, sí que me pasé varias veces por allí.

El martes ya no tenía tantas cosas nuevas que buscar y ya sabía que horas después iban a retirar las vallas de la plaza de Armas. Ya no tenía mucho por explorar en el corazón de la tableta de chocolate. Con mi bolsa y más o menos poco abrigado, subí hacia la calle Dolores por esa valla ligeramente desplazada para facilitar los paseos de estas jornadas.

Llegué a la esquina frente al Concello y al girarla divisé el taburete de la ventana. No me hizo falta frotar los ojos. Me fui aproximando y vi que un chico estaba sentado. Más cerca, ya comprobé que estaba Chus. Me saludó con la normalidad de siempre. Siempre expresiva, pero a veces no le hace falta demasiado para que la entiendas.

La normalidad. Ay, la normalidad. Ya había abierto el mismo lunes, el primer día en que pudo hacerlo la hostelería. El café, 10 céntimos más caro que antes de la pandemia. Me parece poca subida con todo lo que ha pasado y los días duros que vienen. Pero allí estaba, con el optimismo que la caracteriza. De camino a la redacción, casi no me paré, pero volvería.

Y este miércoles he retomado, en circunstancias excepcionales, mi cita diaria. Las casualidades. Mi último café, en el Dover y en cualquier otro sitio, fue un 13 de marzo y pasaron exactamente 2 meses, hasta este miércoles 13 de mayo, para volver a tomarlo. Lola en la terraza, dos mesas a modo de barricada justo a la entrada. Mascarilla y guantes para atender.

Acababa de atravesar la plaza de Armas porque me encontré de sorpresa con las vallas ya retiradas a la altura de la calle Galiano. Otra pequeña gran conquista. Entre eso y los «desfases» de las primeras horas de tránsito hacia la libertad, los minutos durante los que me hizo el café. El bizcocho de cada mañana, «el p*to bizcocho» en sus propias palabras, también regresó.

Pagué por adelantado y se me devolvió casi una ovación. No iba a hacerlo con tarjeta, la verdad, y aboné lo que costarán los de esta semana para no manejar tanta calderilla, ya que dicen que retiene tantas cosas dañinas en estos días de vigilancia extrema. Lo bebí con calma en el trabajo, no estallé tras dos meses sin esa adrenalina.

Me sirvió, parecerá absurdo, para un avance que será pequeño, pero que sabe a victoria. El de comprobar con tu propia mirada que la gente sigue ahí, que las ganas de levantar otra vez el edificio de nuestras vidas no se han quedado por el camino. Todos tememos al futuro, si es que ahora existe el futuro.

Pero yo he aprendido que las prisas, que ya estaba gestionando de otra forma en mi vida, se tienen que quedar en el trastero. Que no sabemos lo que pasará en 24 horas, aunque pensar en saltar a la siguiente fase ya es un aliciente. Eso sí, no podemos llenar las terrazas sin tomar medidas, abrazar a alguien porque sí o pasear a la hora que no te corresponde.

Creernos médicos como antes éramos técnicos de fútbol, estar por encima del bien y del mal y enjuiciar al vecino. Pensar que esto está en vías de solución porque, realmente, la solución se construye cada mañana. Nos han obligado a ganarnos cada día de vida, también la oportunidad de rediseñar nuestra hoja de ruta. Yo ya he vuelto al Dover, pido que la meta esté cerca.

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