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El día que Ferrol casi sucumbe bajo las llamas

Montaje sobre un mapa inglés de la ría de Ferrol datado en 1589 y archivado por la Universidad de Santiago de Compostela (elaboración propia)

Montaje sobre un mapa inglés de la ría de Ferrol datado en 1589 y archivado por la Universidad de Santiago de Compostela (elaboración propia)

MARTA CORRAL | Ferrol | Miércoles 19 junio 2019 | 14:36

Cuando los marineros ferrolanos se echaron a la mar en el amanecer de aquel 19 de junio de 1568 no imaginaban la catastrófica estampa que les esperaba en puerto una vez recogidos sus aparejos. La villa marinera que era aquel Ferrol de mediados del siglo XVI terminó prácticamente destruida por un incendio que duró unas siete horas y se tragó 370 casas, dejando solamente en pie 30 edificaciones.

La unión y el trabajo de los vecinos sumado a la rebaja de los impuestos que pelearon ante la Corona logró levantar el pueblo de sus cenizas en una hazaña que ha pasado desapercibida para la mayoría de los ferrolanos. Este miércoles, cuando se cumplen 451 años de aquel terrible suceso, nos sumergimos en la historia para revivir el día en el que Ferrol casi sucumbe bajo las llamas.

Una fotografía de Ferrol a mediados del siglo XVI

No es sencillo encontrar grabados o cartografía que se conserve de la villa de Fe Role -como lo nombraron los ingleses en el mapa que hemos usado para ilustrar este artículo, 21 años después del incendio-, así que estamos obligados a dejarnos llevar por las descripciones de los historiadores.

Juan A. Granados Loureda, en el artículo Un arsenal para el rey; Ferrol en el Antiguo Régimen (SS. XVI-XVIII), habla de la fisionomía «del viejo Ferrol» previa a las nuevas poblaciones borbónicas. No es sencillo hacer una fotografía para situarnos, apunta, por la inexistencia de documentación, pero da algunas claves tomadas del profesor Vigo Trasancos y su estudio del plano de 1732 firmado por el ingeniero militar Francisco Montaigú.

La villa se asentaba en un saliente de tierra que se adentraba en la ría formando un espolón con el vértice orientado al sur. Hacia el este, siguiendo la línea de la costa, había edificaciones. Así, en la primera zona se encontraba la iglesia parroquial de San Julián y la segunda zona de expansión finalizaba en el convento de San Francisco -donde se encuentra ahora la iglesia castrense del mismo nombre y la capilla de la Orden Tercera-.

Los dos núcleos convergían en la plaza vieja -actual Praza Vella-, que antiguamente estaba abierta al mar y donde se celebraba ya, por aquel entonces, una feria mensual. Existía una muralla que lo cercaba, al menos, en el sector sur. Estaba defendida -según un inventario de 1621- por dos cañones de bronce y otras piezas. Además, recoge el mismo artículo, «parece que buena parte de las calles estuvieron porticadas como cobijo de las inclemencias del tiempo, de manera similar a la de otras muchas villas del litoral gallego».

Los ferrolanos de 1568

Para saber cuántos habitantes tenía Ferrol en aquella época es importante aclarar que los censos se realizaban por unidades familiares y no por habitante. María del Carmen Saavedra estudió varios documentos para averiguar cuántos vecinos conformaban la villa y, así, por ejemplo, un informe remitido en 1597 por el alcalde al Consejo de Hacienda apunta que se mantuvo la demografía calculada diez años antes: «240 vecinos [unidades familiares] y son de ellos pobres 200, en que entran 35 viudas».

José Montero Aróstegui, que describió exhaustivamente el incendio en su Historia de Ferrol, cifró en 400 unidades familiares y unos 2.000 habitantes la población de la villa, con lo que comprobamos que 30 años después todavía no se habían recuperado. Imaginemos aquel Ferrol como una población modesta constituida por pescadores y trabajadores de la salazón. La estratégica situación geográfica de la ría la predisponía para el comercio; pero las guerras de Carlos V contra Francia y posteriormente de Felipe II contra Inglaterra cortaron el flujo comercial e hicieron del pueblo un almacén incontrolado de subsistencias para los ejércitos del Rey.

Ferrol se quema

«La pluma se nos cae de la mano al querer describir las angustias porque nuestros mayores pasaron aquel aciago día», comienza la crónica de Montero Aróstegui, que sitúa el incendio a las seis de la madrugada del sábado 19 de junio mientras Vigo Trasancos señala que pudo comenzar a las cinco o seis de la tarde.

Lo que sí sabemos con exactitud es que el fuego se inició en la ferrería de Alonso López Rodríguez y «sus llamas se propagaron tan rápidamente que poco tiempo tardó el pueblo en verse entregado al fuego más devorador». El viento soplaba de levante y en siete horas 370 inmuebles de los 400 existentes se quedaron reducidos a cenizas. No obstante, no figuran defunciones en ningún documento consultado.

«De todas las aldeas limítrofes acudieron gentes al punto de la catástrofe; pero el mal ya era tan grande, tan espantoso, que no tenía remedio. Solo la confusión, los lamentos y el desorden reinaban en aquel día fatal.(…) Los ancianos atribulados y las madres con sus tiernos hijos en brazos, apenas tenían tiempo para lanzarse a las calles con el fin de salvar sus vidas», relata Montero Aróstegui.

La reconstrucción

Además de unas 25 viviendas y negocios, se salvaron de las llamas la iglesia de San Julián -derruida posteriormente en 1762 con las obras del Arsenal-, el convento de San Francisco, el Hospital del Espíritu Santo -precedente del Hospital de Caridad, un sanatorio destinado a los peregrinos del que no se conserva documentación-, la Puerta del Castro -que cerraba por el oeste la plaza vieja- y el antiguo edificio del ayuntamiento, ambos derruidos en 1826.

La Real Audiencia de Galicia, después de las peticiones de ayuda para reconstruir la villa, comisionó al guardián del convento de San Francisco, el fraile Juan de Briviesca, para ir a la Corte a pedir que se eximiese al pueblo, por algunos años, del pago de tributos que permitieran invertirlos en la recuperación de sus hogares y negocios.

Las gestiones fructificaron y la Real Orden del 23 de octubre de 1568 rebajaba por tres años en 50.000 maravedíes la alcabala (una carga de un 10 % sobre el valor de venta de todo tipo de bienes) y otros 30.000 al servicio común por un año. Los daños que había provocado el incendio fueron calculados por una comisión nombrada por el Ayuntamiento que los cifró en más de 150.000 ducados -el equivalente a más de 4 millones de euros-.

«Aunque aquella calamidad hubiera sin duda concluido con otro pueblo de escasos elementos, era tanta la importancia que ya entonces tenía el puerto de Ferrol y tan grande el fomento de la salazón, cuya industria constituía su comercio, no solo con las ciudades de Betanzos y Coruña sino con el interior de la península, que interesados todos en su reedificación no pasó mucho tiempo sin que se hubiesen en parte reparado las grandes pérdidas que había sufrido».

¿Qué diría Montero Aróstegui ahora, cuando todavía no hemos sido capaces de levantar Ferrol Vello de sus (nuevas) cenizas?

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