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Raúl González: «Para ser anticuario es necesario perseverancia y pasión»

Raúl González en su anticuario de la calle Magdalena (foto: Alicia Seoane)

TEXTO y FOTOS: ALICIA SEOANE| Ferrol| Jueves 15 de abril | 14:23

En la calle Magdalena hay un espacio que pone ANTIGÜEDADES en un lateral, la ventana tiene forma semicircular y los escaparates suelen mostrar muebles que hacen que te acerques a curiosear. Esta tienda situada en el número 165 es una de los pocas especializadas en antigüedades que quedan en Ferrol. Hubo un tiempo en el que había mucha afición al coleccionismo de muebles y de objetos, pero de toda esa época apenas quedan dos o tres negocios.

Raúl González tiene 41 años y rompe con la imagen estereotipada que podemos tener en nuestra mente sobre un anticuario. Es joven, lleva chándal y tiene unos brazos fuertes. Restaurar implica horas de trabajo corporal, así que también requiere de un buen fondo físico. Su trabajo de restaurador no lo aleja de ser un gran conocedor de todos los pequeños detalles que acompañan la vida de cada mueble, de cada objeto, y además le gusta compartirlos.

Aunque la situación actual mantiene canceladas las clases de restauración, Raúl sigue trabajando de forma individual y manteniendo su tienda abierta. En estos tiempos tan extraños donde el eslogan más repetido es el de quédate en casa, parece que mucha gente empieza a darse cuenta de que a su espacio le falta algún que otro detalle. Así que, pese a la pandemia, este anticuario aún tiene tirada para rato.

FERROL360 – ¿Cómo empieza una persona a meterse dentro del mundo del anticuario?

RAÚL GONZÁLEZ – Yo creo que es algo que te tiene que gustar, porque esto no es un negocio. En mi caso a mí me gusta desde que soy pequeño. Yo no tengo tradición familiar de nada que tenga que ver con este mundo, más bien al contrario. En mi casa eran más de tirar las cosas o de deshacerse de ciertos objetos si los veían antiguos. Pero hay algo que sientes desde que eres niño. A mi hermano, por ejemplo, le gustaban las motos, y a mí las cosas antiguas.

Yo vivo en una casa de campo que tiene muchos años y en la infancia me gustaba encontrarme restos de cosas que antes se tiraban en el exterior de las casas. Para mí era como una excavación arqueológica, había algo de sorprendente en encontrarme el resto de un plato viejo o de otros objetos. Recuerdo que el primer mueble que restauré, con 14 años, era una cómoda de mi abuela. No tenía mucho valor, pero a mí me gustaba arreglarla, darle un nuevo uso.

Empecé también de forma autodidacta, leyendo libros. Cuando decido estudiar, ya no puedo entrar en el FP de madera, que era de Carpintería. Había solamente un curso de madera y el resto eran de metal. Así que me meto en el FP de soldador y aprendo a trabajar el metal. Y esto también me vino muy bien, sin ir más lejos, para reconstruir toda esta barandilla de la parte de atrás del bajo. Con los años continué formándome en técnicas más específicas de restauración.

360 – Me resulta llamativo cómo los que os dedicáis a esto conocéis la época en la que se ha hecho un mueble, si es de un siglo o de otro, ¿cómo vais aprendiendo a catalogar las piezas que os entran?

RG – Yo trabajé en un anticuario durante seis años, así que en esta experiencia previa ya aprendí mucho. Luego, en las ferias también se aprende. Nosotros íbamos a Madrid y allí aprendí mucho porque esto me gusta y cuando algo te gusta lo absorbes como una esponja. En lo que son muebles del siglo XIX y XX es más sencillo catalogar, quizá lo que es más anterior, se me escapa un poco.

El mundo del anticuario no es sencillo, porque luego vas aprendiendo a diferenciar por zonas, las antigüedades son específicas de cada lugar o región. De cada país también. No es igual un mueble de principios de siglo mallorquín que uno catalán o que de la zona del norte. Y además el mundo de un anticuario es muy, muy amplio. Poco a poco cada anticuario va eligiendo también su producto en función de sus gustos.

360 ¿Sientes especial predilección por alguna época o estilo concreto?

RG A mí me encantan las antigüedades del norte, gallegas y asturianas, del siglo XVII y XVIII. Esas piezas tenían una fabricación más artesanal, menos industrial, y más toscas en el sentido de los ensamblajes. A mí me encantan estas piezas más que una pieza vintage. Hace poco compré un Bargueño —un mueble que parece un baúl, pero lleno de cajones, tipo secreter— del siglo XVII, asturiano, con marquetería incrustada. Está hecho polvo, pero es precioso. Cuando una pieza es tan antigua es más bruta, porque no había colas ni pegamentos, y hace que tengan ese encanto.

360 – ¿Cómo empiezas con tu propio anticuario?

RG Cuando cogí el bajo, hace tres años, estaba prácticamente en ruinas. Había una gaviota muerta en el interior. Estaba el falso techo caído. Empecé muy poco a poco. Esta parte de atrás tenía un baño asqueroso, y un suelo de terrazo, así que me puse a picar y apareció el pozo y todo el suelo de piedra. La verdad es que estaba todo que daba pena… El edificio de al lado, al estar en ruinas, tampoco ayuda. Es una pena porque tiene una fachada y una parte trasera preciosa.

360 – ¿Cómo vas encontrando las piezas?

RG – Viene mucha gente a venderte muebles y objetos que tienen de casas que son de herencias. Además, tenemos anticuarios mayoristas que nos van pasando lo que serían piezas más vintage. Llamamos vintage a los muebles que irían de los años 50 hasta los 80, más o menos. Luego, los muebles más antiguos ya vienen por clientes que te avisan cuando ven algo y saben que puedes estar interesado.

Antes se consideraba una pieza como una antigüedad a partir de los 100 años; pero, a ver, un mueble art decó, que sería de los años 40, para mí ya es antiguo. Digamos que estaría por un lado la alta época, que es el siglo XVIII y anteriores, y antigüedad, que sería del siglo XIX y principios del siglo XX. Luego está la parte del vintage, que se ha puesto muy de moda como el diseño de muebles nórdicos, pero donde hay que saber diferenciar por diseño y tener gusto, porque hay mucho mueble de los años 60 que no es ni de diseño ni vintage, simplemente es viejo.

360 – ¿Qué tipo de público viene a un espacio como este?

RG – Tengo gente mayor que es más clásica, y luego gente más joven que les gusta más mezclar estilos, esto es lo que más se está haciendo ahora. Lo mismo se llevan un baúl del siglo XIX pero lo mezclan con otro tipo de maderas, en distintos colores… Hay un tipo de público al que le gusta venir por esa atracción más fetichista a los objetos, porque los objetos y muebles que te encuentras en este tipo de espacios están llenos de historias y de curiosidades y eso a mucha gente le hace sentir una especial atracción hacia ellos.

360 Imagino que llegar a conocer de dónde viene cada pieza será una labor un poco documental también, ¿podrías contarnos alguna de esas historias?

RG – Hay muchas personas que no quieren contarte nada porque son familias más conocidas o no quieren que se sepa su identidad; pero también hay otras historias que son muy peculiares. El mundo de las antigüedades te acerca a otras etapas de la historia desde la cercanía de las personas individuales que poseyeron esos objetos. Normalmente las personas que antes tenían muebles de calidad, objetos que han perdurado, eran personas de cierta clase social. Y esto lo ves con el material que te encuentras.

Por ejemplo, hay una familia de A Coruña que tenía muchos negocios y a principios de siglo podían viajar. Tenían cajas de mantones de Manila, que se diseñaban en sedas chinas y se los enviaban a través de Filipinas. Tenían postales que se enviaban por todo el mundo: desde Yellowstone, por ejemplo. [Muestra todas las postales que atesora]. A través de ellas conoces la historia de toda la familia. Un cliente mío los conocía por el apellido. Así que, a veces, los objetos te llevan a las personas, a sus vidas. Y esto hay gente a la que nos engancha. [Muestra un pequeño catálogo de telas para elegir los mantones, una pequeña tarjeta desplegable con telas, que es un caramelito del diseño gráfico de principios de siglo].

360 – ¿Crees que una tienda como esta es posible online?

RG – El objeto pequeño es más fácil de vender por Internet; pero los muebles, que en este caso es a lo que yo me dedico, es más complicado porque a la gente le gusta verlos y tocarlos. Los objetos son otra cosa. Este año me pasó una cosa muy curiosa. Compré una hélice antigua de madera, de un molino de agua gallego. Esta pieza tiene un valor etnográfico de nuestra cultura. Era de madera maciza, pesaba mucho. Pues me escribió un señor por Instagram, de un anticuario francés, que lo quería como pieza de decoración para su casa. Y, bueno, se lo tuve que mandar. Imagínate el envío de esta pieza…

360 – ¿Es el tuyo un negocio rentable?

RG – [Risas] A mí me apasiona lo que hago, vengo contento a trabajar y compatibilizo la venta con la restauración. Poder hacer esto que me gusta, ya es rentable aunque lógicamente si el interés es sólo monetario, pues no te compensa. Para dedicarse al mundo de las antigüedades hay que tener mucha perseverancia y pasión. Si no, no funciona. Yo me levanto y vengo encantado a trabajar. Los que coleccionamos y compramos, acabamos también enganchados, este mundo es un vicio. Esto te tiene que gustar.

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