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Sofía Piñeiro, pintora: «El éxito es vivir haciendo lo que quiero»

Sofía Piñeiro y su sonrisa, por Alicia Seoane

TEXTO Y FOTOS: ALICIA SEOANE| Ferrol | Viernes 5 marzo 2021 | 11:02

Sofía Piñeiro (Ferrol, 1981) vive pintando. Las paredes de su casa están repletas de cuadros y su taller, justo enfrente, está habitado de pinceles, lienzos, bocetos y mandilones para sus clases. Tiene un hablar pausado, su voz muestra cierta timidez y su forma de reír y de expresarse está cargada de ironía y humor, como su pintura, de la que podemos disfrutar durante este mes de marzo en la exposición Xerundios e outros tempos que alberga A Vella Fábrica de Lapis (calle Lugo, 61).

Hace ocho años coincidimos en un encuentro de Artistas Novos, que se celebraba en el Gaiás, en Santiago. Ese año ambas fuimos seleccionadas para vivir una estancia con artistas de todas partes. Estábamos nerviosas porque nos tocaba exponer nuestro trabajo en el auditorio. La hija de Sofía, Marcela, todavía era una bebé. Así que ella, al acabar el día, se iba a un hostal para darle la teta. Otras veces la niña interrumpía las presentaciones y daba un toque de vida a aquellas largas horas de auditorio y artisteo.

Recuerdo perfectamente la exposición de Sofía con los comisarios y artistas invitados en primera línea de butacas. Se sentó con su voz bajita y, a medida que sus pinturas aparecían proyectadas, ella describía lo que veía. El auditorio, después de horas de conceptualizaciones, teorías, denuncia social y mucha butaca, se rió por fin. En aquella sala, entró una bocanada de aire fresco. Un cuadro de unos grelos con cachelos, enorme, lleno de color y que en esas dimensiones provocaba asombro. Su trabajo sigue manteniendo la frescura de una principiante, pero con una madurez y una voz propia.

FERROL360 – ¿Cuándo te decantas definitivamente por la pintura?
SOFÍA PIÑEIRO – Empecé la carrera de escultura porque no cubrí los plazos de inscripción adecuados para Bellas Artes; es decir, por despiste. Al acabar el instituto yo tenía claro que no quería hacer otra cosa que no fuese relacionada con el arte. Cuando terminé el ciclo en A Coruña y volví a Ferrol ya me meto a pintar. Me inscribo en las clases que impartían Carmen Martín y Miguel Anxo Varela, fueron ellos quienes me ayudaron a estudiar la carrera y mi familia me apoyó.

360 – ¿Crees que la forma en la que te criaste pudo influir en tu deseo de pintar?
SP – Influyó mucho, yo estoy muy conectada con mi infancia. Mis padres son argentinos. Mi madre es arquitecta y siempre estaba rodeada de amigas que eran ceramistas o que pintaban. Era un ambiente de gente con inquietudes creativas. Además, ella termina la carrera cuando vivíamos allí y recuerdo que nos llevaba a mi hermano y a mí a la facultad. Es una mujer despierta y siempre me apoyó.

360 – Parte de tu infancia la pasaste en Argentina, entonces…
SP – Nací en Ferrol y, a los dos años, nos fuimos a Mar de Plata. Regreso a aquí con ocho años. Llegamos de Argentina a Cataluña y recuerdo que estaba impactada. Aprendí y olvidé el catalán, pero recuerdo ser muy tímida y no querer hablar mucho con nadie. La llegada fue un shock. La educación allí era mucho más ordenada, subir y bajar la bandera, mucha exaltación a la patria, respeto a los profesores. Cuando llegamos a Ferrol me resultaba todo una jauría.

Creo que yo tenía un mundo imaginario muy vivo, me encantaba leer. Yo me metía y me resguardaba en ese mundo. Al llegar a Ferrol ya hice amigos y empecé a abrirme más y también a salir de mi misma; pero creo que algo de ese mundo es lo que me sigue acompañando en mi forma de pintar.

360 – ¿Es fácil dedicarse a la pintura desde un lugar como Ferrol, que por su situación geográfica está más aislado del arte?
SP – Hay días que me entra la inseguridad. Todavía tengo dudas, a veces. [Observa, resignada]. Y siento que pierdo el tiempo. Al final siempre llego a la conclusión de que sí, elegí bien. Elegir ser pintora no es un camino llano. Hay momentos de dudas, de preguntarte para qué. Creo que estas dudas forman parte del proceso; pero estoy contenta y creo que he elegido lo que es más coherente con quién soy. La conclusión a la que llego al final siempre es la misma: está todo bien.

En cuanto a quedarme en Ferrol, nunca tuve muy claro dónde iba a vivir hasta que nació Marcela. Entonces lo vi claro. Estoy muy satisfecha porque, al final, puedo vivir dando clases de pintura y pintando. Nunca me he desvinculado de lo que quiero. Aquí ser artista sabemos que no es fácil, pero bueno, esto va en cada uno. Si quiero ser pintora da igual donde esté. El éxito es otra cosa [me mira subiendo la ceja]. Ya me entiendes. Para mí el éxito es vivir haciendo lo que quiero. No tengo más pretensiones.

360 – Recuerdo el momento de la descripción de tus cuadros en el encuentro de Artistas Novos. Ver tu proyección fue una frescura en aquel momento. Años después, ¿cómo ves tu propia evolución?
SP – Cuando empecé a pintar fue un descubrimiento, me resultó fácil. Empecé pintando cosas de la vida cotidiana. Recuerdo que uno de mis primeros cuadros era una tapa de pulpo bastante grande. En Cuenca tenía un profesor que nos obligaba a explicar el proceso. Me costó mucho entender cuál era el mío. Con el tiempo acabé comprendiendo que existe ese proceso aunque a veces no vaya adornado de teorías o yo lo viva como algo muy sencillo.

En aquel momento echaba de menos lo de aquí, por eso mis primeras pinturas eran de las cosas más populares que extrañaba, ya fuese el pulpo o unos toxos [ríe]. Después, poco a poco, empecé a experimentar, a meterme en planos más surrealistas. De ahí surgieron cuadros bastante raros, algunos los borré. Pero en su momento me sirvieron para descubrirme y experimentar. Dejar de pensar tanto y centrarme más en otros aspectos.

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Las pinturas de Sofía Piñeiro

360 – Has trabajado sobre imágenes fotográficas, haciendo una interpretación de fotografías. Lo recuerdo, por ejemplo en la serie No somos nadie que se expuso en el Torrente Ballester en 2012.
SP – Me encontré con un álbum de fotos de gente que no conocía. Me resultaron imágenes muy sugerentes y me apetecía pintar figura humana como si fuese un bodegón. Al ser personas siempre te lleva más a un relato. A mí me gusta contar historias con la pintura. Me gusta el relato, igual que escribir, que también me gusta. Quizá por esta afición a la lectura que tengo desde muy pequeña. Para mí la pintura es un poco literaria.

Me gusta sugerir historias que pueden ser personales, pero donde cada uno puede hacer su propia lectura. Mi trabajo es colorista y alegre, aunque a veces el relato sea más amargo. Tiene algo de profunda, con temas existenciales como la fugacidad de la vida, el absurdo y el sin sentido; pero siempre desde un toque cotidiano que te saca una sonrisa. Este humor de lo absurdo es algo muy mío. Hay una etapa en la que pinté muchos cuadros oscuros. Fue al morirse mi padre. Lo que surgió de esa etapa no es la forma de pintar con la que me identifico. Me sirvieron para pasar un momento de dolor, pero no los he recuperado finalmente como parte de mi trabajo.

360 – Otras pinturas tienen un componente de sarcasmo político. Hay una menina en Canido pintada por ti sobre la Casa Real…
SP – Sí, me interesa un poco humanizar a la aristocracia, la realeza, personajes públicos que son tan ridículos para mí. Creo que en esto me ha influido la historia de mis padres, que vivieron la represión en Argentina. Tuvieron que escapar del país. Por eso tengo un punto muy crítico con la injusticia. Me gusta humanizar y quitar los galones a estas clases sociales, bajarles al mismo territorio que al resto de los mortales. Toda esa imagen de la realeza que luego van en un patinete… Este tipo de escenas me resultan absurdas y me gusta mostrarlas con esta acidez.

360 – ¿Cómo has compaginado maternidad y creación?
SP – A mí la maternidad me ayudó a conocerme mejor y a tener claro lo que quiero. La maternidad me dio mucha energía. Pinté mucho durante el embarazo y, en cuanto Marcela creció, hasta hicimos una serie juntas. Ella hacía fondos abstractos y yo pintaba encima. Esta serie se llama Cualquier domingo porque son escenas cotidianas. En realidad cualquiera de mis obras podría entrar en esta serie.

360 – ¿Cómo fue para ti el momento del confinamiento?
SP – Fue un momento de contradicción. Por un lado conecté con mucha sensación de privacidad, de falta de libertad, de obediencia; pero a la vez tenía ganas de pintar, me sentía muy inquieta. Cuando me ponía a pintar me salían ovejas…

360 – Ovejas que podrían ser personas también, como los Reyes…
SP – Esta serie que titulé De tripas corazón es un poco una metáfora de los humanos. Aunque estéticamente son diferentes al resto de mis pinturas en el fondo fue mi manera de sacar este sentimiento de obediencia, miedo, descoloque. A mí el confinamiento me sentó bien para bajar el ritmo y ponerme a pintar.

360 – ¿En qué estás trabajando actualmente?
SP– Ahora estoy haciendo un trabajo que, de nuevo, es un diálogo con la fotografía. Estoy trabajando con Ángel Manso, fotoperiodista ferrolano de La Voz de Galicia, con quien comparto cierta mirada e inquietudes. Yo interpreto imágenes suyas y me alimento de su mundo fotográfico para ir generando un universo que es común a ambos. A la vez lo mezclamos con obras que ya de por sí tienen similitudes por nuestras formas de mirar y contar.

360 – ¿Cómo dirías qué es tu forma de mirar?
SP – Para mí la pintura es un relato. Como pintora no tengo tanto un estilo concreto como un interés por ciertos temas. Me gusta lo que es el absurdo de la vida y distanciarme de cierta crudeza de la realidad con ironía y humor. Creo que la infancia está muy presente en mi trabajo. Hay una frase que me gusta… Espera, no la recuerdo exactamente… Decía algo de una pelota… [Mientras intenta recordar la frase, Sofía se levanta y trae un pequeño dibujo de una niña pintando]. Me lo traje desde Argentina, lleva conmigo toda la vida. ¡Espera! Ya me viene la frase: «La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque, aun no ha tocado suelo». Y así, sin tocar suelo, acabamos con la frase insonora de Dyllan Thomas.

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